La democracia es la ilusión de un
alma colectiva, de un fantasma monumental. Su voz es como un coro y cuando escuchamos el canto podemos asegurar que
nuestra voz está ahí, aunque no recordamos cuando nos pusimos a cantar, ni
cuando aprendimos la canción.
Los líderes de la democracia no
portan diferencia ni hacen ruido, encarnan la armonía de ese canto en su forma
y contenido, así que ellos no tienen palabra propia, son nuestro espejo.
¿De verdad creemos que el
presidente dice lo que dice por qué es machista y patriarcal?
Es posible, pero lo que el
presidente piensa sobre un punto u otro es totalmente irrelevante. El discurso
que importa es aquel que reglamenta al suyo. Es nuestro discurso el agente
regulador, el que se reproduce en las sabatinas.
Me atrevo a decir que es difícil
que las palabras del presidente, ese sábado 28 de diciembre, les haya resultado ajenas, más bien pudo resultarles familiares, como que
ya las han escuchado antes en otras bocas, ¿no?
Su discurso, como es acostumbrado
aniquiló lo distinto, pero ello no solo responde a un “estilo” particular de
ejercer poder, sino a una característica propia de nuestra actual democracia:
alinearse o morir.
A esa diferencia es a la que
ataca el presidente desde sus intervenciones, pero es importantísimo que
pensemos que no se trata de él, se trata de nuestro discurso, el que tiene una
bandera llamada hiper presidente.
Pongámoslo así, si él no fuese nuestro
presidente sino Perico de Los Palotes, Perico
tendría que llevar el mismo discurso por varias razones. La oposición con
partidos políticos como Madera de Guerrero, Creo, Sociedad Patriótica y otros
siguen la misma línea. En resumen hay una sintonía ideológica que permite que la
discrepancia no alcance otros límites más radicales.
Otra razón es que los
ecuatorianos somos como Perico, tenemos Madera de Guerrero, somos como
Creo, como Sociedad Patriótica. Somos tan
intolerantes en lo más oscuro de nuestros corazones, por más que en un cafecito
o con tragos encima nos la echemos de open
mind. La tradición judeo-cristiana, el machismo, la homofobia están bien
ancladas en lo más profundo de nuestra estructura.
El ecuatoriano open mind no existe, al menos no hasta
que su punto de vista se encuentra con una situación comprometedora. Es ahí
donde fallamos todos a la palabra que decimos y seguimos a la palabra arcaica,
vieja y brutal que nos estructura.
Para muestra un botón, es decir
las estadísticas.
Si la opinión de Perico fuese
excepcional no existiría una generalizada exclusión a la seguridad social en
los grupos LGBTI. (58%) lo que refleja, en cierto aspecto, la institucionalización
de la exclusión.
Olvidemos, por un momento, las instituciones del
estado y pensemos en lo más importante, el plano cotidiano de lo social. Fiable
o no, según el INEC el 70% de los miembros de la comunidad LGBTI se sienten descartados
por las personas de su entorno, sea a través del control, la imposición, el
rechazo o la violencia. La forma más común de ese rechazo es que sus
familiares dejen de hablarles o de considerarlos parte de la familia (26%)
Perico y Correa deben responder
al alma colectiva, no a la posición de su persona, por eso es que se dio esa
sensación de contrariedad en un grupo LGBTI, cuando días antes de la sabatina
el presidente en un encuentro mostró apertura hacia dicho grupo. Por supuesto!
Ahí Correa no se enfrentaba a una nación ecuatoriana, nada más conversaba con
un grupo pequeño, que permitía en él aflorar la más natural hipocresía o la más
sincera alianza.
La segunda más grande ilusión de
esta democracia es “la revolución”, y no es algo propio de este momento
histórico, desde siempre sin discursos oficiales, la revolución ha operado en
nosotros con otras palabras, bajo un complejo
de actualidad, de desarrollo, cambio y progreso.
No nos sentimos como en la época de
Miguel de Santiago, somos más modernos que eso! pues ya no vamos a la misa, creemos
que esa tradición ya no nos toca, ya pasó. Aparentemente vencimos al miedo que
la contra reforma nos inculcó durante la colonia.
Decimos que ahora sabemos que
esas son patrañas anticuadas, siempre y cuando no nos toque un hijo, hermano o
papá maricón; decimos que aceptamos la homosexualidad, siempre y cuando no nos
jodan, ni se pongan la camiseta del Barcelona. Decimos que los respetamos
cuando los asesinamos con botellas de vidrio en medio de un parque.
Así somos de modernos y progresistas.
Ya no necesitamos la virgen de Legarda, ya sabemos que no vigila, es un
monumento nomas! Solo queremos una virgen de neón en la carretera, para que nos
proteja de la muerte y de la perdición que trae la neblina.
