jueves, 26 de marzo de 2015

CIUDAD DE LA LUZ

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Te miro, Poli. Te miro en  la oscuridad detrás de las ventanas, no estoy afuera ni adentro, habito en un lugar desconocido, incluso para mí. Estoy apresado en la imagen de los otros y la imponencia de la palabra. Soy una voz en sonido blanco, un soliloquio inaudible tras los espejos y las cortinas. Estoy enredado en tu cabello, no paro de hablar, soy una fuente inagotable de narración. Pero tus ojos también están llenos de palabras, de brillantes palabras que no saben cómo pronunciarse en tu boca. 


Has bebido demasiado y quieres irte a casa. Lo sé, pensaste que podrías aguantar como tu esposo, el bueno de José,  que también sabe lo que es tener una vida social muy activa. No entiendes por qué hoy, justamente hoy no estás a la altura de la fiesta, tú, que siempre animas a todos, sin dormir y siempre de pie en el momento exacto para mirar el amanecer, de la mano de tu esposo y todos aquellos que lograron llevar la fiesta hasta el amanecer. Ni tú despeinada ni él con la camisa arrugada. Por eso todos dicen que son tal para cual.


Ambos siempre a la altura del desafío, sin desmayos ni lagunas mentales ¿Recuerdas cuándo se conocieron? Fue en aquel cumpleaños de Gonzalo Bocanegra. Tú bailabas entre Josefina y María de los Ángeles, que te miraban como a  una muñeca, y un poco más lejos tras una columna: José, cautivado por ti, embriagado por ti y sin quitarte la mirada de encima. Faltaban apenas unos segundos para que te invitara el primer trago, de tantos que vinieron.


¿De qué hablaron? Ya no lo recuerdas, seguramente fue algo tan banal. Lo que sí recuerdas es que te morías por quedarte pero Josefina y María de los Ángeles querían marcharse. Desde entonces José y tú han pasado de matrimonio en matrimonio, de tus amigos, de sus amigos y finalmente el tan esperado y adivinado: el de ambos. Piensas en que todos se están casando, por eso  transitas por muchas despedidas de soltera, stripers, ceremonias, recepciones, babyshowers y tiendas de maternidad.


Que fortaleza física has tenido siempre para mantenerte erguida y sonriente, a pesar de llevar más de una botella de ron encima. Qué decir del bueno de José que siempre ríe, que nunca está tan borracho como para perder el hilo de una conversación o para bailar un poco cada cierto tiempo. Todos los conocen, todos los quieren y aún así te sientes sola. ¡Pero si estás con el bueno de José y todos tus amigos! ¿Por qué amargarse la vida, Poli?


Siéntate, piensa, recuerda lo que pasó. José viajó a Lima hace dos semanas, y hace un mes había estado en Rio ampliando los negocios de la familia. De Lobby en Lobby, cabildeando con Johnny Blue sobre la mesa. La verdad es que José ha estado lejos mucho tiempo, abriendo o renovando contratos, agasajando a los empleados o en destructivas farras con sus amigos. 

Tú, por otro y desde hace un mes estás pensando en una imagen, en un nombre de representación corporativa. Esa es tu tarea: darle belleza al cuerpo empresarial, crear una expresión en aquello que no tiene un rostro, pintándole la sonrisa a una boca monumental. Lo sabes y no te importa porque amas lo que haces. Solo te interesa que el mundo goce de belleza y que los pies caminen por los senderos de las tendencias y el color. En tu mundo, desde la tierra hasta el cielo responden a la estética y no a la dirección del viento.


Sigamos recordando. Este día no encontraste la cara y el cuerpo para humanizar a tu empresa. No almorzaste, seguiste de largo pensando frente a la pantalla de tu MAC, y aunque es sábado y no tenías por qué trabajar era mejor pensar en ese pequeño mundo que es tu trabajo, antes que dar la vuelta y recordar que a tus espaldas no hay nadie.


¿Qué tiene mi cuba libre hoy? ¿Por qué estoy tan mareada? Te preguntas recordando también la falta de apetito que has tenido todo el día. ¿Dónde mierda se ha metido José? Ya casi puedes encontrarlo al escuchar su risa estrepitosa, seguro y alguien contó un buen chiste o una anécdota que acaba de pegarse en el álbum de lo inolvidable.

-José, quiero irme a casa.

-Apenas son las tres de la mañana, mi amor. Es temprano para nosotros, falta mucho para mirar el amanecer.

-Me siento terrible, me cayó muy mal el trago, por favor vámonos.

-Una hora más, ¿ya? Y nos vamos. Dame un beso.


Lo besaste sin querer besarlo. La verdad es que te desagradan los aguafiestas y no quieres asumir ese papel nunca, aunque estés muriendo por dentro.


Caminas por el pasillo, mareada.  Malditos tacos, no te ayudan a mantener el equilibrio. ¿Dónde está el baño? A la izquierda, siempre a la izquierda, Poli. Te torturas a ti misma metiéndote dos dedos en la boca pero el vómito no sale. Te miras al espejo, tienes una lágrima negra recorriendo tu mejilla. Hay que pensar en algo asqueroso: recuerdas que todavía no tienes el nombre y el cuerpo corporativo. Viene a tu mente la visión empresarial, concluyes que es mera retórica; piensas en tu ascenso en la escalera corporativa, resulta ser un espejismo; piensas en la carcajada de José, recuerdas que su lengua tiene demasiada textura. Entonces descubres el asco, aún así no puedes vomitar pero tienes mucha facilidad para llorar. Vomitar es liberar, piensas, vomitar es liberar. Redescubrir el asco es autoengaño porque siempre ha estado ahí, en tu garganta. El sudor helado en tu rostro, el agotamiento, el jadeo afónico y la desesperación.


Huye Poli, huye.


Los autos están todos estacionados  y nadie quiere irse ¿Solo tú portas la repugnancia esta noche?  Estás lejos de la ciudad, parece imposible salir sin auto. Pero espera, ¿Quién está ahí? Es Miguel, el amigo de José, con él estudió en la universidad.  El es el de las anécdotas sobre los viernes en la noche, sobre aquellas borracheras caóticas en Savannah, con quien José adquirió la resistencia para trasnocharse sin perder la dignidad ni desabotonarse la camisa.  

-¡Miguel!

-Hola Apolonia ¿Qué haces aquí afuera?

-Esperando que alguien me lleve a casa.

-¿Qué hay con José?

-El no quiere irse aún, pero yo necesito salir de aquí. ¿Estás de salida?

-Sí, voy a comprar más alcohol, está faltando – Te repugna la misión de Miguel, ¿Por qué simplemente no lo llama ron o vodka? Qué ridícula es la palabra “alcohol”.

-Puedes llevarme a la casa, por favor. Está en el camino, no tendrías que desviarte.

-Sí, pero  ¿Te parece si primero hablo con José? Voy a llamarlo ahora mismo- Miguel marca un número y espera en silencio – No responde, voy a buscarlo a dentro para preguntarle. ¿Quieres esperarme aquí?

-Ándate a la mierda Miguel, ustedes y sus códigos, yo solo quiero irme a la casa y meterme en mi cama. Odio esta porquería de boda, estas porquerías de tacos, de borrachera. Si nadie puede sacarme de aquí me largo.

-Tranquilízate Poli, ¿cómo te vas a ir?

-Caminando.

-Está muy lejos y solo terminarías en la carretera. Estamos en una hacienda, ¿lo recuerdas?

-No me trates como una idiota Miguel, sé donde estoy, pero nadie aquí, ninguna puta persona quiere moverse. Solo quiero irme y si no vas a llevarme entonces no me estorbes, imbécil.


Miguel se queda petrificado frente a ti, solo para despetrificarse e ir corriendo en busca de José; seguro y le dirá que su esposa está loca  y que haga algo rápido ya.


Te hizo bien mandar  a la mierda a  Miguel, que bien se sintió caminar, aunque sea con los tacos, escuchando como crujen las piedrecitas del estacionamiento. Le arranchas tu libertad a la tierra y también a tus tacos, así que te los quitas y los lanzas a quién sabe dónde.


El camino a la carretera es oscuro, largo e irregular, nadie va a pie por ahí a excepción de los empleados. Mareada en la oscuridad no sabes qué es arriba y qué es abajo; el frío que asciende bajo  tu falda y te retuerce hasta el pecho. El viento helado penetra en tu estómago, quemándolo. Ahora sí puedes vomitar.


Rasgaste la manga de tu abrigo al apoyarte en aquel arbusto. Déjalo, no es el abrigo que mas quieres. No pienses en tus pies, solo camina. El dolor en tus tobillos y las caídas no se sentirán mañana. Promételo, prométete no sentir dolor mañana. Las medias panti ya se rasgaron ¡Y qué importa! El vestido está lleno de polvo, ahora solo es relevante continuar, librarse de esa soledad llena de arbustos y piedras afiladas, salir de la soledad tras The Time, de Black Eyed Peas y la simpática risa que te suena a mojigatería.


¿Cuándo termina el camino, Poli? Parecía más corto cuando entraste a pleno día con el resto de invitados, viniendo en caravana desde la iglesia, pero ahora parece infinito, imposible de caminar, hostil contigo, hostil con dedicatoria. Está bien arrodillarse y rendirse, sabemos que no es definitivo, que es cuestión de minutos. Solo necesitas llorar y arrancar las piedras del suelo con tus propias manos y lastimar el paisaje.


Que la oscuridad te deje chillar, te deje embarrarte la cara de tierra y lágrimas. Consume toda la oscuridad que desees, la que llevas dentro y la que te rodea. Que se pose sobre ti como un manto, ocultándote y regalándote esa intimidad que es un tesoro,  la intimidad que se necesita para sufrir a plenitud.


Chillas, gritas, pateas y de pronto la noche ya no es tan negra y el camino ya no parece tan lejano. Mira hacia adelante, son las luces de la carretera, es la velocidad del sonido viajando hasta tus oídos. Tal vez faltan quinientos metros o menos. Camina.


Sube los últimos metros,  asciende hasta la salida. Unos pasos más, solo unos cuantos más. Ya estás en la entrada bajo el arco romano de piedra y con las puertas metálicas abiertas de par en par, preparadas para tu gloriosa salida.


Miras atrás y el camino recorrido es claro a pesar de la oscuridad. Escuchas un sonido lejano, parece ser un remix de Madonna, seguro y todos siguen bailando. Te sientes aliviada ¿no es así?Reconfórtate,  has encontrado la evidencia de que el sufrimiento te pertenece y puedes hacer con él lo que desees. Qué lejos y apacible se ve la hacienda, con el sonido de la música retumbando únicamente en su interior, sin tocarte.


Las luces de los coches aunque te encandilan no dejan de ser un alivio. La libertad está cargada de caos y reflectores. Parece que alguien está respondiendo a tu señal. Es la luz de un volkswagen escarabajo, tan amigable y con dos siluetas en su interior. Se ven bondadosas. Eres libre al fin, ya puedes irte a casa. Ya no se trata de huir, sino de volver. 


Son una pareja, unos dulces y gentiles ancianos. El hombre sale para abrirte la puerta.
-Señora ¿Qué hace a esta hora en la carretera? ¿La asaltaron?
-No señor, solo estoy perdida, vengo de una fiesta. Gracias por parar.
-De nada, por favor entre.

Te lanzas sobre el asiento trasero. La mujer en el asiento de copiloto te mira exaltada. Te dice algo pero no escuchas sus palabras, pero por su tono sabes que quiere tranquilizarte.

El tapizado del asiento trasero es suave y huele a suavizante, a vainilla para ser exactos. El auto arranca y te quedas dormida.

Después de unos minutos despiertas sin agitarte y miras al frente. No muy lejos se encuentra la ciudad de la luz.


Emilio Salao Sterckx