I
Mi hermana y yo
volábamos una cometa cerca de la cima de un monte árido y polvoriento, lejos
del Tingón, nuestra montaña. La cometa roja
bermellón de papel de seda estaba suspendida en el aire a cientos de metros. El
cielo estaba despejado, el atardecer llegaba y oscurecía los secos montes que
rodeaban Yaruquíes, el pueblo. De pronto solo habían dos colores: un pedazo
negro e irregular y una luz granate, distinguible en su plenitud desde las
montañas.
-VAMOS
GUAMBRAS, QUE ANOCHECE– gritaba Lola, mi tía, rodeada de paja y sigses
en la cima del monte mientras recogía a sus dos vacas, Petunia, Carola y
su ternero Jacinto. Nos habíamos alejado tanto para encontrar suficiente
chilca, así que ascendiendo por la ladera cruzamos los límites secos y solitarios
de la hilera montañosa.
El viento
dejada de silbar y la cometa descendía pese a nuestra carrera desesperada por
mantenerla en el aire. Se estrelló en el interior de una cabuya. El papel de
seda y el rombo estaban destruidos, así que la dejamos atrás para continuar el
camino de retorno.
Hombro con
hombro tras mi tía, tomamos el estrecho sendero que descendía hasta el pueblo.
En el camino encontramos dos ramas fibrosas de eucalipto y las usamos como
bastón. Margarita tenía una mejor, redondeada en un extremo, lisa y libre de
astillas. Tenía que quitársela y se la arrebaté por sorpresa y ella
lloró de inmediato llevándose los puños a los ojos.
Recordé,
gracias a sus chillidos, que el día anterior había visto obreros levantando muros rojos de madera al costado del cementerio en
una cancha de fútbol polvorienta. Construían un espacio circular que ocupaba
toda la cancha. Lo recordé porque Margarita también lloraba ahí.
-¿Qué es eso,
Lola?– pregunté.
-Es una plaza
de toros.
-¿Vamos a tener
una plaza de toros? – preguntó Margarita enjugándose las lágrimas.
-Sólo por unos
días. Yaruquíes está de fiesta.
-¿Qué
celebramos?
-La verdad,
nada. Es asunto de Valerio, quiere ser el prioste de estas fiestas para mostrar
sus ganancias de este año en vendiendo gas.
-¿Y ya tienen a
los toreros? – pregunté.
-Cualquiera
puede ser el torero.
-Yo quiero ser
torero.
-Tú quieres ser
todo, Manolo– respondió Lola –si mañana ponen una pista de hielo vas a querer
ser patinador, si ponen gallos de pelea vas a querer ser gallero…
-NO. YO SERÍA
EL GALLITO.
-Y ¿Cuándo van
a venir los toros y los toreros?– preguntó Margarita.
-En tres días.
-¿Y nos vas a
traer para verlos?
-Claro
guambras, yo también quiero ver los muertos.
Estaba agitado,
quería que los días pasaran rápido para mirar las capas rojas, trajes
brillantes, las gorritas negras; la trencilla envuelta con un listón rojo; las
imponentes hombreras, el majestuoso saludo al público; la ira del toro, la
locura del toro, la agonía del toro, su lengua áspera, desmayada y la sangre
rodando por su lomo.
Las piernas me
temblaban -los toros aquí en Yaruquíes- La bulla de la gente en mi panza como
un remolino. Por primera vez en aquellas vacaciones deseaba estar en clases con
el resto de niños, para hablar de los toreros y para jugar a los toreros. A
nuestro reencuentro tendríamos mucho de que hablar.
II
Margarita
estaba en el comedor mirando por la ventana hacia el huerto de Lola. Petunia,
Carola y Jacinto rumiaban. Ella hacía un puchero pensativo con los codos apoyados en
el marco de la ventana. De su burbuja era mejor no sacarla.
La casa no
tenía muchos muebles. Lo que causaba cierta sensación de ornamento era la mesa
de palmito, unas sillas pesadas con un brillo aceitoso. Yo, debajo de la mesa
escuchaba la madera quebrándose y los jadeos de papá bajo el sol
ardiente. Salí.
Papá
cortaba la leña en las mañanas sin camisa. Los músculos de su pecho y de su espalda brillaban con el sudor, las
venas marcadas de sus brazos y manos se hinchaban al levantar lentamente el
hacha para luego dejarla caer sobre el tronco. Su exhalación era
similar a un silbido.
-Sí sabes que
mañana hay toros en la cancha de fútbol ¿verdad?– pregunté.
-En cuál
cancha– respondió levantando el hacha.
-La que está a
lado del cementerio.
-¿Quieres ir?–
preguntó dejándola caer sobre la madera.
-Sí, Lola
va llevarnos.
-¿Ella ya lo
sabe?
-Claro, ella
mismo nos contó, luego nosotros le dijimos que queríamos ir y ella dijo que
también quería y…
-Ya entendí.
-¿Entonces?
-Vayan, pero
quiero que no se acerquen al toro, quédense bien lejos.
-Claro, papá.
-Quiero que le
digas eso a tu tía.
-Sí, le voy a
avisar.
-Anda y díselo
ahora.
-¿Ahoritita?
-Sí Manolo,
"ahoritita" antes de que se te olvide.
Obedecí
inmediatamente. Al entrar en su casa la encontré lavando sus calzones en el
tanque de agua.
-Mi papá dice
que nos tenemos que quedar lejos del toro.
-Eso es obvio,
Manolo. ¿Qué piensa él? ¿Que los voy a poner en los cuernos del animal?
Mientras Lola
lavaba y balbuceaba me di cuenta que Margarita seguía en la
ventana sin perder de vista a las vacas. Me despedí de mi tía con un beso en el
cachete. Regresé a casa, mas tarde iría con ella y las vacas al Tingón.
Mamá estaba en
la cocina friendo unos platanos y escuchando la radio.
-¿Qué estás
haciendo Manolo?
-Fui a decirle
a Lola que papá dijo que nos mantenga lejos del toro.
-¿Qué toro?
-Es que mañana
hay toros en la cancha de fútbol.
-¿Cuál cancha?
-La que está a
lado del cementerio.
-¿Por qué habrá
toros?
-No sé, Lola me
dijo que era asunto de Valerio.
-Claro que debe
ser asunto de Valerio, desde que se metió a lo del gas anda alardeando con
cualquier cosa. Él sabe perfectamente que a nadie le agrada, seguro planea
algo.
-A mi no me
importa Valerio. Cuando saluda sólo te mira a ti, cuando yo lo saludo no me
responde. Me cae mal.
Mamá echó unas
carcajadas y después puso los plátanos sobre el plato con un bistec,
arroz y lechuga. Margarita no habló durante el almuerzo, noté que seguía en su
pompa, pero no pregunté nada en la mesa, prefería hablarle en el Tingón.
Más tarde ya
estábamos con mi tía y las vacas avanzando a paso lento. Lola dijo que era
mejor que Petunia, Carola y Jacinto coman hojas de maíz, así que no iríamos muy
lejos. El camino a través del pueblo resultaba intimidante por los perros,
todos ariscos. Los imaginaba rabiosos lanzándose sobre mis muslos,
arrancándome un pedazo de carne.
Yaruquíes
estaba lleno de perros y la mayoría retozaba al pie de la casa de sus amos,
haciendo la guardia. Tenían una mirada alerta y amenazante, aunque estuviesen
acostados y sin ladrar. Se veían huesudos y hambrientos. En la escuela cuando sonaba la campana me pegaba disimuladamente a Juan Renán, mi vecino. Aunque
nunca jugábamos juntos, ni yo parecía simpatizarle caminaba en silencio a su
lado hasta llegar a casa. También temía que Juan Renán se de cuenta.
Pronto dejamos
atrás las calles polvorientas pero a las puertas del Tingón estaba la prueba de
fuego, la finca de los Álvarez. Quedaba en la cima de lo que alguna vez fue un
monte verdoso. Tenían tres perros musculosos y feroces. Cada día los tres canes
descendían ladrando y a toda velocidad al darse cuenta de nuestra presencia.
Ese día no fue
la excepción. Lola hizo como que no escuchaba y siguió caminando. Margarita se
escondió tras su falda y yo me acerqué a ella lo suficiente para sentirme
protegido, pero también disimulando mi miedo, imitando la impávida expresión de
Lola. Mi rostro sudaba y mi frente ardía al rojo vivo hasta incendiar toda mi
cabeza. Los piojos me devoraban el craneo y yo me rascaba el desesperadamente.
-No te rasques–
dijo Lola –si lo haces los piojos te chuparán toda la sangre de la cabeza y se
te secará el cerebro– No la escuché, tenía que rascarme.
Las bestias no
pararon de ladrar hasta que dejamos atrás la finca. Ya lejos sus ladridos eran
sólo un murmullo, un zumbido perdido entre las hojas de los eucaliptos.
El Tingón no
era solamente una colina árida e infértil, a sus pies estaba un oasis lleno de
verdor. Algo así como un valle diminuto donde florecía la vida.
La montaña
tenía dos estrechos caminos de acceso. El de la derecha, que llevaba
directamente al Tingón, nosotros tomamos el de la izquierda que conducía al
oasis. Pasamos debajo del follaje del taxo que formaba un arco sobre nuestras
cabezas. Para esa época del año sus frutos maduraban mucho más rápido.
Margarita y yo arrancamos dos, abriendo su membrana y masticando su fruto frío
y agridulce. Luego caminamos bajo la sombra del sendero.
-Dónde está el
arbusto de llantén– pregunté.
-Cerca de la
acequia– contestó Margarita –sé de memoria donde está plantado.
Ella corría
como una liebre sin dejar una pisada entre los surcos ni levantar una partícula
de polvo. Cruzamos el sembrío de zanahorias. Al llegar al arbusto arrancamos
una hoja de llantén para cada uno y nos las pegamos a la nariz. Quería devorar
las hojuelas mientras Margarita se hundía en el interior del arbusto dando
vueltas.
-AY QUE RICO–
gritó.
Trepamos hasta el filo de la acequia para mirar los
timbules[1]. Abundaban en lo profundo donde no llegaba
el sol, junto a un muro enramado de poleo.
-¿Ves algún
sapo?– pregunté.
-No, nunca los
vemos, ya no los busco, sé que nunca los voy a encontrar. Además me parecen
feos, los timbules son más bonitos.
-¿Por qué te
parecen feos?
-Me da miedo sus ojos saltones.
-Que estúpida
eres, no hay por qué tenerle miedo a un sapo.
-NO ME DIGAS
ESTÚPIDA.
-ESTÚPIDA,
ESTÚPIDA, ESTÚPIDA.
Margarita se
lanzó sobre mi con el rostro colorado, los dientes feroces y los ojos húmedos.La tenía encima aplastándome los brazos con sus rodillas para luego ahorcarme.
-TE DIJE QUE NO
ME LLAMARAS ESTÚPIDA.
-YA DEJEN DE
PELEAR– gritó Lola desde una plataforma de césped. Petunia, Carola y Jacinto
comían hojas de maíz. Margarita seguía ahorcándome.
-SI SIGUES
MARGARITA LE VOY A CONTAR A TU PAPÁ QUE NO ME OBEDECISTE– Se separó de mí pero
no sin protestar.
-ÉL EMPEZÓ, ME
LLAMÓ ESTÚPIDA.
-NO LE DIGAS
ESTÚPIDA A TU HERMANA, MANOLO.
-Sí tía.
Un momento de
ira incontrolable y después como si nada volvimos a la acequia.
Agitábamos el
agua y los timbules se revolvían. Miramos las libélulas rojas y amarillas
pasar frente a nosotros y aterrizar sobre una piedra en mitad de la acequia,
quedándose totalmente quietas.
Cerca de donde
comían Petunia, Carola y Jacinto había una caverna artificial de paredes
salinas, irrigada por una fuente de agua. Un estanque oscuro, helado y con el
eco del goteo. Entramos en la gruta y mojamos nuestras manos. A diez pasos de
la caverna estaba otra acequia más grande que la anterior, mejor protegida por
la sombra, con el tilo amontonándose en la orilla con sus hojas verdes y
amarillas. Había más timbules y muchísimas más libélulas. Sobre el césped
crecían hongos de sombreros gigantescos y dorados.
Jugamos hasta
el atardecer, mientras Lola recogía algunas zanahorias y
cortaba pasto con la hoz. El cielo estaba despejado y pudimos saber
que era hora de volver a casa: el tono grana de las faldas del Chimborazo
tornaba a granate.
Vimos una vez
más el montaje de la plaza de toros. Imposible no firjarme antes de irme, por
eso cuando Lola juntaba las vacas corrí hacia el costado derecho del Tingón.
Margarita me siguió.
Esquivamos
nuevamente las sagradas zanahorias de Lola, luego subimos por un sendero
arcilloso, corrimos a los pies de tres enormes y robustos eucaliptos sembrados
por el abuelo. Parecía que su montaje había concluido. Las piernas
me volvieron a temblar al pensar en la cercanía del gran día.
En el retorno a casa volvió la comezón a mi cabeza
y pensé en otra cosa para no rascarme. Recordé la misteriosa mueca pensativa de
Margarita al medio día.
- En qué
pensabas hoy?
-¿Cuándo?
-En la mañana,
cuando mirabas a las vacas por la ventana.
-Ah, ya me
acuerdo. Recordaba los anteriores terneros que tuvo– luego volteó hacia Lola
–Siempre has tenido terneros, verdad.
-Sí, aunque
hubiese preferido una ternerita de vez en cuando.
-¿Por qué todos
tus terneros siempre se llaman Jacinto?
-No se me
ocurre otro nombre– contestó Lola –me parece que es el mejor nombre para un
torito.
-Y si tuvieses una ternerita qué nombre le pondrías.
- Buena
pregunta guambrita, déjame pensar.
-¿En eso
pensabas hoy? – Pregunté a Margarita.
- Sí.
- Es una buena
pregunta.
- ¿Verdad que
sí?– Volteó de nuevo hacia Lola –¿Ya pensaste en un nombre?
- Sí, si
tuviese una becerrita la llamaría Lady Di.
III
Desperté por el
repicar de las campanas, en la iglesia de San Juan Bautista había mucha
agitación. Mamá había salido al mercado y papá barría la vereda de la entrada.
Margarita, despierta desde temprano, jugaba en el patio con su conejo sobre una
estera. Salté de la cama, me puse una camiseta y bajé las gradas corriendo.
El cielo estaba
despejado. Un tímido viento aligeraba el calor, creando un ambiente apropiado
para jugar. Cualquier juego era el indicado, solitario o acompañado, con mi
risa o la risa de mi hermana.
Desayuné una
palanqueta untada de mermelada de pechiche con una tasa de chocolate caliente.
Luego escogí tres claudias maduras de la fuente de frutas. Estaban rojas,
gordísimas y a punto de estallar. Las hacía explotar en mi boca
mirando a Margarita desde la cocina. Seguía jugando con su
conejo.
-Despertaste–
dijo papá, que traía consigo la escoba –¿Qué tal dormiste?
-Más o menos,
me costó mucho cerrar los ojos.
-¿Por la
corrida de toros?
-Sí, estoy
emocionadísimo.
-Cuando entré a
tu cuarto tuve que desenredarte entre las cobijas. Tienes que aprender a dormir
Manolo, ya te he dicho.
-También es por
los piojos, me pican durante la noche.
-Manolo, no
tienes piojos. Tuviste alguna vez pero tu mamá los mató a todos con un shampoo
especial.
-Pero me siguen
picando.
-Tú crees que
te pican pero los piojos ya no existen, están solo en tu imaginación.
-Pero hasta
Lola dice que tengo la cabeza llena de piojos.
-MI HERMANA ESTÁ
LOCA- gritó papá -ella no entiende sobre el poder de la mente. Ella piensa que
solo existe el mundo que puede ver y tocar, por eso si tienes comezón ella está
segura que tienes esa plaga. Te repito, no tienes piojos y te lo seguiré
diciendo hasta que estés convencido. En fin, cambiemos de tema ¿A qué hora
empieza la corrida?
-A las dos de
la tarde.
- Hace una hora
estuve en el almacén de Valerio- dijo papá -Hablaba por teléfono con un
hacendado de Cajabamba…
-¿SOBRE QUÉ
HABLABAN?
-Sobre el
camión que traía a los toros, o algo así. Parece que el hacendado los trajo
temprano porque tenía que atender su hacienda en Mocha.
-¿Qué más
dijeron?
-No lo sé, Valerio me lo explicó cuando colgó el teléfono. Más tarde fui a
la cancha de fútbol. La plaza está terminada pero estaban armando una pequeña
tarima en las gradas. Hasta hay parlantes y micrófonos.
-¿Vas a ir con
nosotros a la corrida?– pregunté y aquello pudo considerarse una pregunta
retórica para un acostumbrado NO, pero en aquel momento de verdad era una duda
para mi.
-No lo sé- dijo
papá –Tú sabes que mi hermana y yo no nos llevamos muy bien. Nos cuesta mucho
estar en el mismo lugar. Además si vamos ustedes tendrían que estar con
nosotros y Lola estaría sola. Seguro sería muy feo para todos.
-Eso no es
cierto, sí pueden estar en el mismo lugar. En el cumpleaños de la abuela
estuvieron en la misma mesa y no pasó nada.
Papá me miró en
silencio por largo rato, rascó su cabeza y posó una mano sobre su rodilla. Su
piel trigueña, sus venas saltadas y las cicatrices en los dedos palpitaban
mientras meditaba.
- Iremos – dijo
finalmente.
Después del
desayuno arrebaté a Margarita de su conejo y la llevé del brazo hacia la cancha
de fútbol. Esperaba ver los toros ahí, pero no estaban. Cerca de la tarima miré
a Fausto, de la escuela, lo llamaban Ashco[2] por estar
siempre sucio y oliendo a perro. Curioseaba la labor de los obreros. Al verme
se acercó. Ashco se parecía mucho a su madre, no sólo en la cara sino también
en lo chismoso y fisgón.
-Ashco, ¿Sabes
dónde están los toros?
-Dicen que
ahora están en un camión atrás de la iglesia– contestó mirando a Margarita –El
párroco aceptó tenerlos en uno de los patios del convento. ¿Quieres verlos
ahora?
-Me muero por
verlos.
-Pero si los
vas a ver después.
-Lo sé, pero no
he dormido bien sólo de pensarlo, ya no puedo esperar más.
-¿Tu también
quieres verlos?– preguntó a Margarita que tenía la mirada puesta en el Tingón.
-No, yo quería
seguir jugando con Eloy.
-¿Quién es
Eloy? – preguntó Ashco.
-Es su conejo.
-Volvamos a
casa– dijo Margarita rogándome –mamá ya debe estar por llegar y trae
chocolates.
-¿Te dijo eso?
- Sí, creo que
también iba comprar una sandía.
- Está bien–
dije, imaginando la sandía deshaciéndose en mi boca –volvamos a casa.
Nosotros
volvíamos a casa para comer sandía, mientras Valerio corría por todo el pueblo
preparando los pormenores de la corrida. Estaba en el convento de San Juan
Bautista.
-No puedo darle
la cerámica de nuestro santo patrono– decía el párroco Carrillo, mientras
caminaban entre los pasillos del convento. Patojeaba con cierta molestia.
-¿Cuál es el
problema?– preguntó Valerio– si es cuestión de alquiler de la estatuilla o
trámites con el arzobispado creo que podemos arreglarlo así– tronó sus dedos.
-Lo del dinero
no es el inconveniente, usted sabe que el papeleo puede hacerse posteriormente.
Es por otra cuestión que no puedo prestársela.
-¿Cuál?
-Sus motivo Don
Valerio. No encuentro ningún fin religioso en esta celebración. Usted está
haciendo esta corrida de toros por su agenda.
-Por favor
Carrillo, desde cuándo la iglesia y la política no han ido de la mano.
-Eso yo lo sé,
pero no puedo arriesgar a mi iglesia ni mi nombre frente a un fin político del
cual no tengo claro el objetivo. Las cosas que andan pasando últimamente: las
desapariciones, los alfaristas y todo eso... hay que ser cauteloso.
-PERO CUÁL
PIENSA USTED QUE ES MI BANDO.
-No grite Don
Valerio, no es necesario.
-Perdóneme padrecito–
dijo Valerio mientras se santiguaba –pero cuál piensa usted que es mi bando.
Esto se hace en apoyo al presidente, no en su contra.
-Eso tenía que
haberlo aclarado antes de organizar todo esto.
-Disculpe padre
Carrillo pero creo que usted es el único que no sabe cuál es mi posición
política. Mi nombre es bien sonado en estos rumbos.
-No tiene que
tratarme como forastero Don Valerio, soy el párroco de Yaruquíes desde hace
doce años. Además usted no siempre ha sido famoso. Este último año su nombre ha
sonado gracias a su lucrativo negocio, pero su apellido no había significado
mucho por aquí durante años.
-Me da la
impresión de que usted me ve como un arribista. Le recuerdo que mi familia
tiene su historia. Mi padre fue un terrateniente con gran influencia en la
municipalidad, no se diga en este pueblucho de mierda.
-Ya basta
Valerio, no vamos a llegar a las palabrotas en la casa de Dios. Haga su oferta.
Valerio sonrió
mostrando una amplia hilera de dientes amarillentos. Mientras maquinaba su
oferta, imaginaba las próximas elecciones con su pancarta pegada en un poste de
luz promocionándolo para concejal, con su sonrisa amarilla impresa en millones
de volantes.
-Le ofrezco
resultados– dijo finalmente.
-¿Cómo es eso?
-Estoy al tanto
de su poder económico. Lo que le ofrezco son beneficios posteriores, a cambio
de que me auxilie con algo más que la estatuilla de San Juan…
-Creo que ya sé
por donde va.
-Apoyo
económico para mi campaña, eso es lo que pido. Digamos que lo de la estatuilla
es un acto simbólico, si usted desea, con el cual ratificaría su sustentáculo
para mi campaña electoral.
-¿Sustentáculo?
Que rebuscadas son sus palabras. Por qué es tan importante para usted
mostrarla.
-Porque eso les
dará confianza a todos. Este pueblo lo apoya mucho a usted y a su iglesia.
Usted, en sus buenos tiempos, fue visto como la mano derecha de monseñor
Leonidas Proaño– Carrillo olvidó que estaba siendo adulado y se creyó lo de
“mano derecha” –A veces parece que la iglesia es lo único que tienen esos
desgraciados– continuó Valerio –Si asocian su nombre y el mío, automáticamente
habré ganado muchos votos.
-Piensa en
todo, ¿no?
-Así es.
-Tiene razón en
todo lo que dijo, pero quienes son más fieles a la iglesia son las comunidades
indígenas de alrededor.
-Lo sé y por eso
me he encargado de que ellos sepan del evento. Los camiones están llegando por
decenas desde Cacha. Toda la indiada está bajando a Yaruquíes, sin contar a
quienes vienen de Riobamba y las comunidades más pequeñas. Digamos que
Yaruquíes es la sede del evento por cuestiones logísticas.
Valerio había
planificado todo minuciosamente, no había duda. Así que Carrillo aceptó su
propuesta intranquilo. Valerio salió sonriente del convento, eso sí, sin
quitársele lo apurado. Detrás de él andaba Benito, su sirviente, cargando la
pesada estatuilla de Juan Bautista. Atravesó la plaza, regresando a su
distribuidora y por teléfono habló con sus influencias del ayuntamiento. La
banda municipal estaba en camino.
A propósito del sirviente de Valerio, vale precisar que el padre de Benito,
Rogelio fue alguna vez el sirviente del padre de Valerio: Don Calmiro. Un día
Don Calmiro entregó Benito a Valerio diciéndole “él es tu sirviente”. Al
principio ambos, Valerio y Benito no entendieron que significaban las palabras
de Don Calmiro, así que fueron amigos y al igual que yo y Margarita, jugaron en
una acequia llena de timbules y libélulas durante años. Esa acequia
seguramente ya no existe. Conforme ambos crecieron fueron entendiendo las
palabras escuchadas, hasta que cada uno supo exactamente cual era su lugar. Hoy
por hoy de esa vieja amistad ya nadie se acuerda.
Ahora sí,
volvamos a nuestra historia.
A partir del
medio día, perseguí a mamá en sus quehaceres, despilfarrando bromas de la
cuales no recibí una risa. Su jadeo ahogaba cualquier posibilidad de emitir
alguna carcajada. Miraba su cabello rubio y enredado cayendo sobre su frente.
Sus cejas eran un peso incontenible.
Cargó la ropa
sucia en el canasto y la llevó al tanque de agua caminando sin mirar el camino.
Tanteó el tanque de agua buscando el grifo. La encontró, la abrió, echó la ropa
y luego el detergente.
-¿Vas a ir a
los toros mamá?
-Estoy cansada
pero se supone que vas con tu tía Lola ¿no?
-Sí, pero
seguro no quieres ir.
-He estado de
pie desde la siete de la mañana. Limpié la cocina, la sala e hice el almuerzo
temprano para poder ir de compras. Vengo cargando tres bolsas pesadas en el bus
y ahora estoy lavando la ropa, además…
- Ya entendí
mamá, estás muy ocupada…
- Y cansada.
Era cierto,
mamá siempre tenía algo que hacer. Verla sentada y sonriendo era un instante
fugaz entre la siesta y la hora de preparar la cena.
- Ambos estamos
muy ocupados, vayan nomas con Lola -dijo papá que había estado escuchando.
- Pues si no
hay de otra...
- Sabía que
entenderías. Cuida mucho de tu hermana, no te alejes de ella. Habrá mucha gente en la corrida y va a ser más fácil perderse.
- Sí papá.
En la mitad del día que siguió a nuestro almuerzo,
un imponente sol envolvió el pueblo sin dejar mucha sombra bajo la cual
cubrirse ni nube cercana que hiciera de cortina. Con Margarita fuimos a casa de
Lola. Mi tía vestí un chal nuevo y un sombrero pulcrísimo de cinta negra,
bastante brillante. Tomamos la misma ruta de todos los días, como si fuésemos
al Tingón. Justo antes del trecho a la finca de los Álvarez dimos vuelta a la
izquierda. El ruido y el alboroto iban de un murmullo a un bullicio elocuente y
claro. Llegamos a la plaza de toros.
Cientos de
personas en los alrededores. En la tarima el sonido de la banda municipal
levantaba el polvo del suelo. En la calle, el olor a chicha emergía del fondo
de centenares de ollas. A pesar del calor nadie parecía asfixiarse.
Lola nos
llevaba a cada uno de la mano, caminando entre borrachos dormidos en el paso
con moscos sobre sus caras. Desfilamos entre puestos ambulantes de mote con
chicharrón, tortillas de papa y algodón de azúcar color rosa. En este último,
Margarita se detuvo para que Lola le compre el más grande.
Busqué caras
conocidas. Las había, pero esperaba ver más, sobraba tiempo para que lleguen.
Aún así la impaciencia por entrar a la plaza dominaba mis piernas. Tiraba a
Lola de la mano para que camine más rápido. La entrada era bastante angosta con
gente apretujándose impacientemente. Nos zambullimos en el montón, empujando
para poder avanzar. Faltaba oxígeno así que traté de pararme de puntillas y
sacar la cabeza entre los hombros del gentío. Apreté la mano de Margarita para
que no se pierda.
Entre más
avanzaba más difícil se me hacía respirar.
-ÑAÑO– gritó
Margarita –¿DÓNDE ESTÁ LOLA?
-LA PERDÍ,
TALVEZ ESTÁ MÁS ADELANTE –De pronto sentí una mano áspera tomándome del cuello
de la camiseta, alzándome entre la gente y llevándome hacia delante. A mi lado
otro brazo levantando a Margarita y asentándonos en tierra firme.
-¿DÓNDE CARAJO
ESTABAN?– preguntó Lola.
-Justo detrás
de ti– contestó Margarita –¿Por qué nos soltaste?
-Yo no los
solté, Tú te soltaste Margarita.
-No es cierto,
yo te apretaba bien duro la mano pero aún así desapareciste.
Los empleados
de Valerio daban vueltas de un lado a otro preparando los últimos detalles. En
las graderías, la gente corría para acomodarse en el mejor puesto. Había cierta
sensación defragilidad en el ambiente. La plaza de
toros desarmable parecía estar en pie gracias a un tembloroso palillo de dientes.
La banda
municipal tocaba al fondo del escenario. Tenía miedo de que una vibración fatal
destruya todo. Cuando Margarita y Lola terminaron de discutir buscamos un
asiento lejos de la arena, pero con buena vista.
-A ellos no los
conozco– dije a Lola, señalando a una familia del graderío de enfrente.
-Son del
Shullo, no vienen mucho por aquí. La señora más vieja es bruja.
-¿EN SERIO?–
preguntó Margarita.
-Sí, se llama
Ramona y lee las velas encendidas, dicen que casi siempre acierta.
-He oído de
ella– dije –Cuando robaron en la escuela, los profesores le llevaron un pedazo
de vidrio que los ladrones habían roto. Dicen que ella pasó una vela por el
trozo de vidrio y que después dijo lo que había visto en el fuego.
-¿Qué vio?
-No mucho, sólo
que los ladrones estaban arrepentidos y con miedo. Después el director tuvo la
esperanza de que devolvieran lo robado.
- JA– expresó
Lola –¿Aué shua[3] devuelve
lo robado? Si que es tonto tu director.
-¿Quiénes son
esos que están muy quietos? –preguntó Margarita, señalando a un gran grupo de
personas.
-Son los
Auquilla, de Santa Clara. Hace un año murió su patriarca, Segundo Auquilla, el
más antiguo miembro de la familia. Desde ahí andan tristes y callados, creo que
van a llevar el luto tres años.
-Yo pensaba que
la mayoría venía de Cacha.
-Sí, la mayoría
viene de Cacha, pero hay bastante gente de Santa Clara, Santa Cruz, el Shullo y
Tancuán. Parece que Valerio trajo a todos.
De pronto
sonaron los parlantes ruidosamente con la voz de Valerio. Ahí estaba, parado
sobre la tarima con la sonrisa amarillenta y sus pómulos colorados. Sus ojos
parecían dos manchas negras.
-Buenas tardes
querida gente yaruqueña – empezó diciendo mientras acomodaba el micrófono. La
banda había dejado de tocar –Buenas tardes amigos de las comunidades aledañas.
Hoy veo gente de muchos lados que han concurrido a este evento. Me alegra,
porque esa es la actitud que debemos tomar todos lo miembros de ésta, nuestra
hermosa provincia del Chimborazo: unirnos y dar ejemplo a todo un país. Muchos
me preguntaron cuál era la razón de esta fiesta, como si sólo se pudiese
celebrar en fechas especiales del calendario. La celebración son ustedes, sí,
ustedes mis compatriotas y hermanos. La segunda razón es la paz, pues hoy más
que nunca debemos unirnos con ese objetivo frente a la grave crisis social que
atravesamos.
Yo puedo
asegurar– continuó –nuestra gente campesina, trabajadora y honesta es la que
está a salvo de la ola de violencia que azota nuestro querido Ecuador. Aquí, en
esta isla de paz no veremos las desapariciones, la muerte, los terroristas y la
destrucción que nos invade bajo el falso nombre de la revolución. No señores,
Chimborazo es una isla de paz, donde la gente únicamente entiende de trabajo,
de sembrar y cosechar su tierra. Estoy seguro que nuestro querido presidente
León Febres-Cordero mira a la provincia de Chimborazo como el ideal de la
sociedad ecuatoriana –Al fondo del escenario, el trompetista de la banda
municipal cayó de jeta por la borrachera, dejando salir un sonido amorfo por la
trompeta.
Bueno…– siguió
hablando Valerio –esta tarde quisiera que todos agradezcamos a Dios, a través
de la figura de Juan Bautista– señaló hacia la estatuilla en el costado
izquierdo del escenario –que ha sido prestada por el nobilísimo padre Domingo
Carrillo, quien afanado y entusiasta me la entregó, santificando tan noble
evento. Ojala él mismo estuviese aquí para darnos unas palabras, pero como
sabemos el padre Carrillo tiene su propio vía crucis, debido a sus almorranas
que apenas le permiten caminar, no se diga…– Su obeso director de campaña le
hizo señas para que cambie de tema.
Valerio seguía
hablando, pero tras la tarima se abrieron las paredes de madera color rojo y
entró un camión de retro. Al pie de las puertas posteriores del automotor los
peones colocaron una rampa, asegurándola con ladrillos a los bordes. Pero
Valerio no dejaba de hablar y aunque la mayoría de la gente lo miraba, no
parecía prestarle demasiada atención. Yo esperaba impaciente a que termine su
discurso, pero la palabrería continuaba, así que di una ojeada a la gente en
los graderíos. La plaza estaba repleta, no quedaba un agujero donde sentarse.
Entre la multitud distinguí una cabeza rubia. Era mamá, caminando entre la
gente y detrás de ella iba papá con expresión tensa y seria.
-MAMÁ– grité, pero la voz amplificada de Valerio opacaba cualquier grito
de mi garganta.
-Pero está
hermosa celebración– seguía diciendo Valerio –tuvo muchos obstáculos en el
camino, aún así no me rendí. Me empeciné en honrar a mi gente. Lo hice desde
una convicción muy personal, por ello quise regalarles a ustedes este
espectáculo. Algunas personas ignorantes llegaron a calumniarme diciendo que
para esta celebración usé mis influencias, que pedí dinero a las juntas
parroquiales de las distintas comunidades aquí presentes; que utilicé dinero
ahorrado para la rehabilitación del canal de riego. PUES NO SEÑORES, no he
utilizado ni un centavo de mi pueblo, he utilizado mi propio dinero, ganado con
el sudor de mi frente. Además, ustedes saben perfectamente que las juntas
parroquiales no tienen ni un centavo.
Estaba tan
aburrido que mi cuerpo adquirió un peso descomunal. La vista me ardía, mi
cabeza se balanceaba de un lado a otro y sentía los piojos devorándome. Sin
embargo el discurso de Valerio parecía estar a punto de concluir y cuando
anunció el inicio del evento y la banda municipal volvió a tocar, me recompuse
automáticamente. Absorbí suficiente aire en mis pulmones y grité hacia donde
estaban papá y mamá. Mamá escuchó enseguida pero no me encontraba, su mirada
recorría el público y yo agitaba los brazos llamando su atención. Cuando me vio
hizo un gesto para que me quede sentado y al mismo tiempo señaló que no podía estar
con nosotros.
Nos dimos
tiempo para sonreír y en esa sonrisa decirnos -estamos juntos- Margarita
también reía, sumándose con perfección en ese lazo invisible que extendía
nuestras miradas. Papá dejó un rato su seriedad y nos cubría a los tres con sus
ojos oscuros, cerrando así nuestro círculo.
Y ahora sí –
dijo Valerio, para concluir – el momento tan esperado por todos. QUE EMPIEZEN
LOS TOROS.
IV
Benito abrió
los portones del camión y le propinó un palazo en el lomo a un toro negro. El
animal descendió rápidamente por la rampa hasta llegar al centro de la plaza.
-Dónde están
los toreros– pregunté.
-Sentados entre
el público– dijo Lola.
-No los veo,
dónde están.
-Ya te dije que
sentados entre el público.
-Mentirosa, ya
las hubiese visto, sus trajes son muy brillantes.
-JAJAJA. Ya sé
en qué corrida de toros piensas que estamos– dijo Lola –crees que será como en
la plaza Raúl Dávalos[4] ¿verdad?
-Pues sí.
-No guambra,
ésta es otra clase de corrida de toros. Son toros de pueblo, aquí no hay
toreros profesionales.
-¿Entonces?
-Chumados.
-¿Chumados? Con
qué capa van a torear.
-Con el poncho.
-Y quién mata
al toro.
-Nadie, el toro
regresa a su casa.
-¿NADIE MATA AL
TORO? ¿Cuál es el chiste si no se mata al toro?
-El chiste está
en los borrachos que huyen del toro para que no les claven los cachos.
-¿Los mata?
- A veces, pero
siempre hay heridos.
No tenía que
decir nada más, ya me lo había vendido todo. La imagen de un toro levantando
con los cuernos a un borracho me traía más euforia que el lidiador de
lentejuelas.
Al principio el
toro corría pero nadie saltaba para desafiarlo hasta que Alberto, mi primo de
22 años cumpliditos, entró al encuentro con el animal. Lola se puso de pie mirándolo
estupefacta.
-REGRESA A LAS
GRADAS – gritó, pero era imposible que Alberto la escuche. Él estaba tan ebrio
que apenas podía encontrar al toro. Yo en cambio apenas y respiraba de la
alegría. Miré fijamente hacia la arena, quieto, esperando la primera embestida
como si yo fuese Alberto –ESTE PENDEJO– siguió diciendo ella –CARAJO ALBERTO
SAL DE AHÍ.
El toro hundió
fijamente sus ojos sobre él, rascando el suelo con la pata derecha y exhalando
vapor por sus fosas nasales. Alberto imitó el desafío ridículamente.
-VENTE TORO–
gritaba –VENTE– El vacuno emprendió la carrera contra el delgado y tambaleante
cuerpo de Alberto. A cinco metros de ser embestido volvió en si mismo y echó a
correr. Recorrió el borde circular de la arena gritando: HIJUEPUTA, HIJUEPUTA,
HIJUEPUTA, hasta que logró esconderse tras una barrera.
El público
vibraba y las carcajadas estremecían mi corazón.
-Este guambra–
expresó Lola entre risas –siempre haciendo tonteras, pero eso sí, sin dejar de
hacernos reír.
-No pensé que
mi Alberto fuese tan valiente– dijo Margarita.
- Eso no es
valentía– respondió Lola –es el cerebro adormecido por la chicha.
Desde aquel día
lo admiré para siempre.
La corrida apenas empezaba y un hombre pequeño, algo mayor se atrevió a saltar. Desafiaba
al toro agitando su poncho. Sin dudar, el vacuno arremetió a toda carrera y el
hombre logró deslizar su prenda por el duro lomo de la bestia. Aplaudido por el
público tomó más valor. El mamífero volvió a arremeter y nuevamente fue burlado.
Tres personas más saltaron a la arena y el espectáculo florecía bajo el sol.
Minutos después
algunos campesinos obligaron al animal a regresar al camión, parecía agotado.
Benito liberaba un ejemplar más grande, blanco y con manchas cafés. La robustez
de la bestia intimidó incluso al público, aun así dos personas saltaron desde
los graderíos. El animal descendió iracundo por la rampa y arremetió con el
primero que tuvo en su camino. Yo lo conocía, era Pascual Pacheco, un soldado
raso de la Brigada Blindada Galápagos. Recientemente lo habían dado de baja por
exponerse ebrio en el desfile del 21 de abril en la avenida Daniel León Borja.
Pascual fue expulsado por los aires y cayó al suelo de espaldas. El toro se
lanzó sobre él y con fuertes cornadas lo levantó y dejó caer, repitiendo el
ataque tres veces. Los demás corrieron hacia el animal tratando de distraerlo,
mientras Benito arrastraba a Pascual tras la barrera.
El robusto
vacuno buscó a su segunda víctima en Nicolás Machado, un choro que solía
trabajar en su tiempo libre como controlador de bus en la línea El Sagrario,
pero Nicolás era bastante avispado y no se dejó tocar, esquivando la embestida
con agilidad. El toro lo persiguió y Nicolás huyó a toda velocidad. Al no
encontrar una barrera cercana, saltó sobre el muro que aislaba las gradas de la
arena, cayendo de cabeza dentro del estrecho pasillo.
Al animal nada
parecía agotarlo, su furia aumentaba y cada vez era más difícil controlarlo.
Lastimó a seis personas, que terminaron en la carpa de la cruz roja. Era muy
difícil devolver al camión a la bestia blanca de manchas cafés, así que Benito
tuvo que bajar a la arena.
-Alberto– dijo
Benito –cuida que no se abran las puertas, si no se escapan los toros.
-No hay… hip…
problema– respondió Alberto, apenas de pie.
Benito corrió
hacia la arena, no había tiempo para pensar en el más adecuado para ocupar su
puesto.
Alberto a punto
de caer se agarró desesperadamente de la aldaba, abriendo las puertas sin
querer, luego cayó a un costado del camión. Toda la gente empezó a gritar.
-PUTA MADRE –
expresó Benito sacándose el sombrero, olvidando que estaba dándole la espalda a
un embravecido animal.
- CUIDADO DON
BENITO – gritó una voz. El volteó sólo para mirar la enorme cabeza del toro
arremeter contra su pecho. Salió expulsado por los aires y aterrizó de espaldas
al pie del camión.
Yo miraba
estupefacto. Conocía a Benito desde que tenía memoria y un viento helado
recorrió mi pecho. Quise llorar. Benito fue arrastrado inconsciente tras la
barrera, mientras que al interior del camión unos cuantos toros estaban inquietos
por el escándalo.
Como una ola
oscura y áspera, ocho toros furiosos descendieron por la rampa invadiendo la
arena, embistiendo a todo lo que tuviesen enfrente. Levantando con sus cuernos
a hombres como si fuesen trapos. Papá tenía sus ojos bien abiertos y parecía
petrificado del miedo, mamá miraba hacia la arena tapándose la boca con la
mano, como conteniendo un grito de pánico.
Algunos cuerpos
se levantaban del suelo y caían retumbando. Otros salían despavoridos del campo
sangriento, saltando desesperadamente sobre el muro de madera.
-TRANQUILOS
TODOS– dijo Valerio por el micrófono, aunque él era el más asustado –TODO ESTÁ
BAJO CONTROL, MIS EMPLEADOS SE ENCARGARÁN DE METER A LOS ANIMALES DENTRO DEL
CAMIÓN.
Nadie lo
escuchaba. Todos mirábamos como los animales arremetían contra los delgados
muros de madera, haciendo temblar toda la plaza.
-MANTEGAMOS LA
CALMA DAMAS Y CABALLEROS– siguió diciendo Valerio, quien veía su ardid hundirse
en una crónica roja de primera plana.
-CÁLLATE– gritó
alguien –IRRESPONSABLE.
-ESTAMOS
ENCERRADOS– gritó una mujer entre el tumulto –ABRAN LAS PUERTAS.
-NO ES
NECESARIO QUE SALGAN– dijo Valerio con la frente empapada de sudor –MANTENGAN
LA CALMA COMPAÑEROS, ESTAMOS CONTROLANDO LA SITUACIÓN.
Dicho eso el
toro blanco de manchas cafés emprendió una carrera insuperable hacia el muro.
El ruido se congeló, mutando hacia un silencio expectante y lleno de
adrenalina. El mismo Valerio sostenía su micrófono contemplando al animal.
Todos esperaban ver la cabeza de la bestia agacharse para derrumbar el muro,
pero el toro corría con los cuernos en alto. Faltaban ya tan sólo seis metros
para el impacto, cuando el toro inesperadamente ejecutó un increíble salto, tan
alto que superó la altura del murillo rojo de madera. Cayó encima de un niño golpeó
a otros. Un segundo animal derrumbó uno de los murillos, abalanzándose sobre el
público, embistiendo a una mujer en el camino y pisoteando a un hombre. Más
toros entraron, embistiendo al público.
-CORRE MANOLO–
dijo Lola, que ya estaba a quince metros de mí con Margarita bajo el brazo –TENEMOS
QUE SALVARNOS.
-Estamos lejos
de los toros– dije.
-QUE CORRAS
GUAMBRA DE MIERDA– La seguí sin protestar, pero sin dejar de ver todo lo que
sucedía.
El toro blanco
de manchas cafés intentó aplastar a un niño, pero este fue más rápido y lo
esquivó, aun así el animal continuó de largo hasta chocar contra una columna
que sostenía un extremo de los graderíos. Toda la plaza tembló. Algunos caían
perdiendo el equilibrio, otros corrían con tropezones y dificultad. La columna
se quebró y el extremo derecho de los graderíos se torció lentamente. La caída
fue pausada y dramática. Un chillido unísono cesó al momento en que toda la
estructura metálica cayó con todo el público.
Veía
borrosamente el movimiento agitado de siluetas.
-SE ABRIÓ EL
ACCESO, SALGAMOS– gritó Lola y la seguí. El público corría despavorido y en la
tarima no se veía a Valerio, únicamente a los miembros de la banda municipal
huyendo con los instrumentos sobre la espalda.
Los ocho
mamíferos salieron tras la gente que se fugaba en todas direcciones. No podía
dejar de mirar lo que sucedía, pero cuando quise seguir a Lola y Margarita las
perdí. Di un giro panorámico sin encontrar rastro de ambas, tampoco de mamá y
papá. Sólo tenía una nube polvo que me rodeaba, que poco a poco al asentarse
iba aclarándose mi vista.
A 20 metros el
toro blanco de manchas cafés bufaba intranquilo. Sus ojos negros fijos en mí
esperaban ver mis movimientos, desafiándome a mover un dedo. Estaba quieto,
como si él también esperara a tener mejor visibilidad, como si quisiera tener
la seguridad de que soy a quien busca. Escuchaba mi propia respiración como un
escandaloso ruido que me delataba; sentía que mi torso se contraía y dilataba
demasiado tratando de respirar. En menos de un segundo miré hacia el cementerio
y más atrás hacia el Tingón, sintiendo que mi casa, mi salvación, mi refugio
estaba en esa dirección, entre las plantaciones de zanahoria y llantén, bajo
los frutos del taxo, juntos a las libélulas y los timbules, en el interior de
esa placenta gigante, colorida y oculta.
Lloraba en la
excitación del pánico, sin saber por qué le hablé al toro, mirándolo a sus
ojos:
-Quiero
salvarme de ti, quiero seguir volando cometas con Margarita, que papá me desenrede
de las sábanas y que me enseñe a dormir porque aun no aprendo. Quiero que mamá
me despierte con una caricia en el culito, comerme otra sandía y ese chocolate
que aún ni toco. No me mates, te lo ruego, no me mates.
Resoplaba
furioso y hacía temblar el suelo con su pezuña. Él ya había decidido y tomaba
impulso para embestirme. Yo quería arrodillarme y suplicar, que contemple mi
indefensión y encuentre la piedad. Aterrorizado ya no podía mirarlo así que
bajé la cabeza, viendo solamente mis lágrimas estrellándose en el suelo
polvoriento.
El suelo
polvoriento, el suelo polvoriento, mis pies en el suelo polvoriento– pensaba –Puedo
esquivar zanahorias, no dejar huellas entre los surcos, como los pies de
Margarita. Y casi la escuchaba diciéndome al oído “corre Manolo”, pero el
delirio del pánico no traía ese sonido, era su voz, más fuerte que nunca,
gritando a lo lejos CORRE MANOLO.
Emprendí la
carrera hacia las puertas del panteón y sentía las pezuñas del toro haciendo
vibrar el suelo bajo mis pies. Me preguntaba dónde está Lola, dónde está
Margarita. No era relevante, solo importaba ponerse a salvo.
Hui hacia la
entrada. Salté los tres escalones de piedra velozmente y atravesé
las puertas del cementerio. Miré atrás y el toro me perseguía todavía, así que
corrí hacia las bóvedas al otro lado del cementerio, siguiendo el sendero de
piedra. Inmensos y olorosos cipreses copaban ambas orillas del sendero, creando
un ambiente de solemne espanto. Tras el animal, dos más entraron y uno de ellos
clavó sus cuernos en el trasero de Rubén, el hermano mayor de Ashco, el de la
escuela. Una mujer no pudo correr por lo apretado de su anaco y el toro la embistió.
La mujer chillaba del dolor mientras que Rubén yacía inconsciente al pie de un
epitafio. Volteé de nuevo y tenía al animal pisándome los talones.
Quería llorar
otra vez pero no había lágrimas, los piojos me mordían la cabeza pero
no había tiempo para rascarme. No sentía mis pulmones y mi respiración estaba
helada, pero mis piernas corrían por si solas. Con el rabillo del ojo noté que
algunos trepaban bóvedas familiares tras los cipreses, hasta esconderse en la
bóveda más alta. Busqué rápidamente la más cercana y entonces escuché.
-NO CORRAS EN
LINEA RECTA– era mamá –CORRE EN ZIGZAG Y GIRA DE REGRESO.
Aunque no sabía
de donde venía su voz la obedecí. Di las vueltas en zigzag y las pisadas del
toro ya no se escuchaban tan cerca. Mientras giraba de regreso descubrí donde
estaba mamá y Margarita: sobre una bóveda de la familia Cáceres. Corrí hacia
allá.
-RÁPIDO,
RÁPIDO, RÁPIDO –gritó Margarita. Por su tono comprendí que tenía a la bestia blanca
de manchas cafés muy cerca de mí. Cuando estaba a unos pasos de las bóvedas,
salté lo más alto que pude y caí sobre la segunda bóveda. Sin perder tiempo
levanté mi trasero y mis piernas para seguir escalando y fue como una brisa
cálida que los cuernos del toro rozaron ligeramente las costuras de mi
pantaloncillo.
Trepaba sin
mirar abajo, sabía que me paralizaría del miedo si lo veía. Su cabeza chocando
contra las bóvedas hacía temblar a todo el cementerio. El sonido de su hocico
resoplando era como una amenaza y un juramento de muerte. Por fin llegué a la
bóveda de mamá y Margarita, entré con ellas. Mamá me abrazó con fuerza y
Margarita empezó a saltar y a tararear.
De pie sobre el
techo de la bóveda contemplaba la locura a mí alrededor. La plaza se
desmoronaba pieza por pieza, levantando continuamente un telón de polvo. La
gente corría dentro del cementerio. Los gritos y gemidos abundaban, mientras
que cinco toros circulaban entre las tumbas, persiguiendo a los borrachos e
incautos. La muchedumbre estaba escondida en bóvedas, tras un arbusto o sobre
un árbol y fue cuando, pasando revista a una enorme higuera, noté una silueta
familiar. Era papá subido en la copa verdosa de la higuera. Hace rato que nos
miraba y cuando nuestra vista se encontró, él alzó su mano sonriendo. Nosotros
también sonreímos y la tragedia desapareció de mi corazón. Más abajo otra mano
se extendió de entre las ramas, era Lola.
Fue muy difícil
que devolvieran a los toros dentro del camión. Tardó una hora hasta que pudimos
salir de nuestro escondite. Algunas ambulancias se estacionaron frente al
cementerio y algunos militares buscaron víctimas bajo los escombros.
El camino a
casa fue silencioso, pero nadie estaba realmente triste o traumatizado.
- Casi te coge
el toro ¿no? – preguntó papá.
- Sí, pero
corrí muy rápido. Soy el más rápido de la escuela.
- Lo sé, vi el
tamaño de tu zancada. ¿Estás bien?
- Sí, solo
estoy cansado, quiero que mamá me dé un chocolate caliente.
En ese momento
pasaron los Auquilla junto a nosotros y se despedían con una reverencia para
después seguir su camino en silencio. Más lejos escuchaba el llanto de Ashco.
Rubén era subido en camilla en una ambulancia. Los papás de Ashco lo
consolaban, pero él sólo miraba la ambulancia alejarse rumbo a la ciudad.
Al siguiente
día apareció la noticia en el periódico local. En total hubo tres muertos y
veintiocho heridos. La investigación policial había descubierto que se habían
ahorrado en materiales de ensamblaje. Se adjudicaba la responsabilidad a
Valerio, argumentando que él influenció sobre los dueños de la plaza para que
no utilizaran todos los armazones de metal, de tal manera que se abarataran los
costos de alquiler. Valerio respondió en otro comunicado que esas eran
calumnias.
La noticia se
extendió por varias semanas al igual que la investigación. Por último se
encarcelaron a varios empleados del hacendado de Cajabamba, acusándolos de
negligencia en el control de las bestias.
Un mes más
tarde Benito, al salir del hospital por el ataque del toro blanco, fue acusado
de negociar ilícitamente con los obreros de la plaza ambulante. El denunciante fue
el mismo Valerio.
Meses después
pasó el escándalo y Valerio lanzó su candidatura a concejal, pero perdió frente
a un candidato de la ID. Su impopularidad en las comunidades indígenas lo hizo
tener los peores resultados electorales. Lo cierto era que la encarcelación de
Benito hizo enfurecer a todas las comunidades.
Un día mientras
almorzábamos, escuchamos una entrevista a Valerio en la radio. Recuerdo que el
periodista preguntó: ¿Cómo se siente frente a su garrafal derrota en las
elecciones?
- Mejor de lo
que me esperaba – respondió – en realidad me di cuenta de que la política no es
lo mío. Mi familia ha sido por generaciones gente de tierra, amantes del campo
y la agricultura. Creo que seguiré la tradición y continuaré trabajando con mis
indios en mis hectáreas de terreno y con los hijos de mis indios en mi
distribuidora de gas, es así como ha sido siempre y como quiero que siga
siendo. Algunas cosas no deben cambiar nunca.
Emilio Salao Sterckx.
[4] Plaza de toros de Riobamba.