domingo, 28 de septiembre de 2014

WATCHMEN

Mask II. Escultura de Ron Mueck



Quiero pensar que no ha sucedido, que es un rumor, que cuando camine por la Iberia lo encontraré ahí, como siempre, con su franelita roja al hombro ayudando a estacionar autos.  Seguro y cargará su media botella de Norteño guardada en el bolsillo de la chaqueta de siempre, la de las mil amanecidas.

No lo extraño como a un amigo, sino como algo que le falta al panorama. Lucas era más un personaje que una persona, una caricatura algo diabólica de aquello que es típico e infame a la vez. Él saludaba efusivamente sin tener amigos y sonreía chimuelo de oreja a oreja aunque aullaba melancolía.

Lucas tuvo su sentencia de muerte un sábado por la noche. Al parecer, perdió la contienda en una lucha territorial. Otros vigilantes de autos lo lincharon en un terreno abandonado camino al valle, tal vez sin la intención de matarlo.

A la mañana siguiente Blasco Tornamesa salía de su casa para cubrir el turno de un colega en el aeropuerto y sin querer miró algo moviéndose en el potrero: era Lucas tirado en el suelo boca arriba, hinchado, tratando de respirar con la sangre sobre su rostro petrificando sus párpados. 

Blasco llamó al 911 y enseguida partió para el aeropuerto. Cuando llegó la ambulancia  todo el vecindario ya estaba alrededor de Lucas. Nadie había escuchado nada, decían, era asunto de sus escandalosas borracheras. La ambulancia lo llevó al Hospital Eugenio Espejo. Entre convulsiones y su resistencia a ser intervenido, Lucas finalmente murió a causa de una puñalada en el pulmón derecho.
 
Me enteré de su muerte una semana después, en un encuentro casual con el Suco Altamirano. Cuando me contó recordé inmediatamente la última vez que vi a Lucas. Fue una semana antes, una noche caminando cerca del parque de la Vicentina.

- Qué dice Manolete, me saludó él desde la vereda en frente. Yo solo alcé la mano atentamente como para corresponderle, pero sin darle oportunidad para que se acerque.

Desde ese recuerdo pude hilar más atrás, seguir el circuito hacia algunos pasajes de su historia y la mía, recordando al igual que el Suco y otros, que yo también guardaba algunos secretos sobre Lucas.

Los recuerdos más antiguos sobre él son bastante conocidos. Estudió en la escuela del barrio y fue el abanderado del pabellón nacional, logro que es más meritorio siendo un hijo de padre ausente y con una madre excepcional, “una guerrera” como solían llamar a Lucrecia.

Ella empezó su vida muy temprano  en el magisterio, en una escuela uni docente en Pujilí. Un día viajó a Quito por un seminario de la dirección provincial de educación. Ahí conoció a Ricardo.

Ricardo tenía  influencias que le servían como plumaje de exhibición ante Lucrecia, lo que permitió que ella trabaje en Quito. El palanqueo solo era parte de un juego de seducción pero Lucrecia pudo instalarse en la ciudad para siempre. Ella quedó embarazada, sin embargo Ricardo no podía ir muy lejos con el paquete, debía volver a su matrimonio y sus dos hijos legítimos.

Lucas tenía el mismo cabello rizado de su madre. El parecía un micrófono y ella le cantaba a su cabeza viejas salsas colombianas. El vivió rodeado de los libros de su madre, de sus cosméticos y de las montañas de cuadernos que Lucrecia llevaba a casa para calificar.

Un año después de ser el abanderado  de la escuela, Lucas era el niño más inconsolable en la sala de velación. Lucrecia perdió una guerra sorpresiva y rápida contra un cáncer al páncreas. Lucas estaba en primer año de colegio, la misma institución en la que su madre enseñó gracias a Ricardo.

Bartolo, tío soltero de Lucas asumió la responsabilidad y lo llevó con él, no de muy buena gana. El problema de Bartolo era una cuestión fundamental: no entendía qué es la muerte y por tanto era incapaz de concebirse a si mismo como un ser vivo. Eso lo hizo pasar muchas temporadas en el hospital San Lázaro. Demasiado distraído todo el tiempo olvidaba cosas como bañarse, vestirse, ir al trabajo, alimentar a Lucas, quien tuvo que hacerse cargo de si mismo apenas una semana después del funeral de su madre.

La transformación de Lucas fue excepcionalmente rara, rápida y radical. De un niño políticamente correcto pasó a ser un púber desubicado y lame botas. Nadie lo aguantaba, nadie quería estar con él, incluso aquellos que lo conocimos en la infancia.

Dos años después, Muriel, el Suco y yo acostumbrábamos encontrarnos en el parque, en el pórtico de la casa de Lalo, un quiteño hijo de párroco español que había heredado el color azul en los ojos y el tamaño promedio del hombre ecuatoriano. Lucas venía siempre y siempre era rechazado con una patada, aún así se quedaba a un lado, como perro que espera a que alguien suelte un pedazo de pan.

Algo que lo hacía insoportable era su desvergonzada necesidad de aceptación, eso y que además nunca cargaba un sucre. Lalo aseguraba que Lucas tenía dinero, que se lo robaba fácilmente a Bartolo, pero fingía para hacerse pasar por gamín.

Lucas pensaba que proyectar una imagen de indigencia lo haría formar parte de nosotros, aunque nadie en el grupo aspiraba a tener la pinta de trasnochado, ni admiraba que alguien no se bañe por días o duerma en el parque El Arbolito. Lucas lo contaba como una hazaña.

La vida de gamín no era un estilo para nosotros, simplemente a veces no quedaba de otra, era algo que había que enfrentar cuando escapábamos de casa por ser descubiertos con marijuana en el colegio, o por seguir la fiesta sin tener más que un billete para la última cerveza.

Lucas no lo entendía y sobre actuaba el papel; se robaba las anécdotas de otros y las contaba como suyas. Por ejemplo, decía haber estado aspirando cinco gramos de coca en el backstage con alguna banda metal que visitaba Quito, cuando ni siquiera lo dejaron entrar a la Plaza Belmonte.

Le decíamos que sí, que le creíamos para luego continuar con nuestras propias cantaletas. Por ejemplo Lalo, que ya mismo dejaba el Rivotril; Muriel que siempre estuvo en el trámite de irse de intercambio a Islandia; el Suco Altamirano que siempre le faltaba poco para armarse su banda de Death Metal y yo que ya mismo me metía a clases del conservatorio para volverme un virtuoso del rock industrial.

Un día Muriel, mejor puñete del barrio y bravucón titulado, nos contó una hazaña corroborada por sus nudillos sin pellejo. Le había partido la cara a Igor, un heavy metal, pantalón de cuero, bien conocido por su exclusivismo. Días después Lucas andaba diciendo por el norte que él le había roto la nariz a Igor.

Que mal que se lo tomó Muriel cuando se enteró. En una de las últimas  novenas de diciembre frente a todo el viejerío del barrio, con párroco incluido, le metió tal golpisa a Lucas que por su salvajismo nadie se atrevió a separarlos. Dejaron nomas que Muriel se canse y cuando terminó de propinarle la última patada arrastraron discretamente a Lucas, llevándolo por primera vez a la sala de emergencias.

Pobre Lucas, no por la paliza, sino por negarse a aprender, porque a pesar de la formidable golpiza él continuó siendo el mismo hablador de siempre. No había precio que no pudiese pagar ni garrotaso que lo matara. La mentira por más inverosímil que sonara valía cualquier sacrificio.

El asunto con Darío fue una clara ilustración. Darío era un blackmetal bien bajito, pero tan salvaje como Muriel e incluso más mañoso. Rara vez se lo veía por el barrio, siempre andaba pensando cómo imitar a los noruegos, buscando iglesias que incendiar y tratando de darle reputación a su secta satánica.

De vez en cuando caía a la tienda y se tomaba una cerveza con nosotros, pero se quedaba poco, siempre tenía algo que hacer. A veces tenía que partir hacia la mitad del mundo para sus misas satánicas o irse a una sesión de fotos a las tres de la madrugada en el cementerio de San Diego. Lucas lo admiraba.

Un día, Darío llegó con el volante de una banda noruega de blackmetal que visitaba Quito. Estaba más emocionado que una quinceañera que se va de crucero con Backstreet Boys. Feliz Darío, tan feliz que cuando iba para la Plaza Belmonte estaba tan borracho y violento que terminó en una pelea callejera. Se encontró con Groncho, un viejo enemigo que siempre cargaba cuchillo. Groncho, más borracho que Darío se le resbaló el arma, la que terminó en manos de su contrincante. Darío apuñaló 35 veces a Groncho.

Ni los noruegos son tan malditos, decían los metaleros, y aunque Darío tuvo que borrarse del mapa se volvió tan famoso en la escena metalera como en el barrio. Lucas, mas pendejo que nunca estaba emocionadísimo con la historia y no demoró en difundir el rumor de que él también estuvo en aquella bronca.

Sí pana, se nos fue la mano y lo matamos, decía, ahorita ando pariendo por los chapas, ojalá no me cojan.

En el boca a boca, como jugando a Simón dice el rumor llegó hasta la policía. Una tarde en que había bebido demasiado e inhalado cemento de contacto, dos oficiales lo capturaron en El Arbolito y lo llevaron al CDP. Después de torturarlo un poco lo interrogaron.

Hasta con el foco encendido en su cara dijo que estuvo en la bronca, adjudicándose dos de las 35 puñaladas, pero al no saber los detalles del asesinato los policías se dieron cuenta que era un farsante. No era el primero con el que se topaban, pero aún así lo dejaron unos días adentro, por puro capricho.

Bartolo lo sacó después de una semana, aunque con ganas de dejarlo unos días mas. Estar en la cárcel parecía ser una mancha más al tigre pero para Lucas tenía otro sentido. Para esa época ya se emborrachaba todos los días, consumía base de cocaína, inhalaba cemento de contacto y había cumplido con el último requisito: estar preso.

Ese breve paso por el encierro le dio algo de credibilidad entre tanta mentira, y si bien lograba paso a paso convertirse en lo que quería ser, aquello no lo ayudaba a estar incluido entre los otros, de hecho acentuaba más el rechazo. Lo extraño es que después de la cana parecía ya no importarle ser aceptado.

El feriado bancario marcó a los ecuatorianos, unos lo sintieron más y otros menos, pero la crisis social fue algo así como un ritual de paso para Lucas, simbolizaba una conversión definitiva. Pensarse a si mismo en la miseria de los centavos de dólar era más consistente que pensarse en la miseria de miles de sucres. Para él todo eso tenía sentido.

Había perdido tantos dientes, tenía tantas cicatrices y la piel tan manchada por el sol y sus frecuentes desmayos en El Arbolito, que mirarse a un espejo era innecesario. Su carne, ya bien curtida por las innumerables palizas, hacía que aquella golpiza de Muriel ya fuese insignificante.

Había pasado mucho tiempo desde mi última cerveza en la tienda del parque central. Mamá me compró un auto y ya estaba en la universidad estudiando psicología.  Aprendía los desafíos de encontrar estacionamiento en un Quito dolarizado, donde era más fácil financiarse un auto.

En esa época conocí a Rebeca, una voluntaria alemana, bellísima, que venía al país por dos años. Enamoradísimo andaba yo y ella andaba mas enamorada del Ecuador y los niños que de mí. Yo quería enseñarle todo solo para estar con ella. Una noche la llevé al parque de la Vicentina para que pruebe el morochito con una empanada de viento.

En medio de la neblina y la noche una sombra salió con su franela a indicarme donde estacionarme. Al salir del auto escuché un “Que dice Manolete!!!”. Era Lucas, y se veía como el guachimán más realizado del mundo. Yo, avergonzadísimo quería deshacerme de él de una patada, al estilo Muriel.

Rebeca quedó asombrada de que Lucas, todo gamín y cara de loco, sea mi amigo. A ella la miseria le parecía exótica y quiso quedarse a conversar. Viendo aquello le hice la conversa a Lucas, a ver si así yo también me veía más exótico. Rebeca pidió que lo invite a comer, así que sin dudarlo dos veces pasé el brazo por el hombro del guachiman y le sonreí. Lucas estaba contentísimo, dijo que nadie nunca le había invitado a comer.

En medio de todo el asunto nos contó cómo logró adueñarse de aquella vereda.

No fue nada fácil, dijo, desde hace rato andaba buscando mi veredita para camellar, pero las más transitadas ya estaban ocupadas y las que estaban libres no pasaba ni un alma. Primero quise irme a guachimanear a la Magdalena pero ni bien me vieron me sacaron a patadas. Así que vine acá y encontré un guachimán que le decían Chuspi, que tenía toda la manzana del parque para él solito. Le pedí a ese enano que me dejara camellar solo en esta vereda y se negó, así que por las malas, brother, tuve que caerle a quiños más de una vez hasta que se acostumbre a la idea de que este es mi piso.

Me di cuenta que Lucas había sobrevivido al mundo y a su manera había triunfado. Ya no necesitaba aparentar nada, él ya era así y no había vuelta atrás. Del bolsillo interior derecho de su chaqueta sacó una media de Norteño y nos la ofreció. Rebeca, hecha la audaz, aceptó darle un sorbo y dos segundos después andaba tosiendo, limpiándose la boca y diciendo que nunca más.

Del bolsillo izquierdo Lucas sacó un palo. Los clientes piensan que es para cuidar los carros, dijo, pero es para mantener a raya a ese enano del Chuspi. Le siento cuando me mira, sé lo que está pensando. Por eso a veces tengo que recordarle quien manda aquí, que esta es mi zona que en esta vereda funciona la ley del Pato Lucas.

Rebeca y yo nos despedimos prometiéndole volver para invitarle una tripa mishqui. Mientras la iba a dejar a su casa ella me hablaba con asombro de lo interesante que le parecía el guachimán, pero yo sin escucharla realmente pensaba en que aquella había sido la primera vez que realmente Lucas y yo conversábamos.

Pasaron varios años, Rebeca me había mandado a volar, ya me había graduado de la universidad y empecé a trabajar en una fundación. Viajaba por todo el país, lejos de Quito, lejos de todos. Los pocos días que estaba en la ciudad los pasaba en la oficina, muy cerca de la Vicentina.

A veces, en las tardes iba al parque a comer algo. Cada vez que veía a Lucas andaba igualito y peor al mismo tiempo. Seguía sin amigos pero todos lo conocían, nadie quería hablar con él pero él hablaba con todos y de alguna manera se volvió parte del paisaje, un personaje popular, como una especie de Don Evaristo retorcido, maníaco y temible, especialmente para las mujeres.

El parque se volvió mucho más concurrido y Quito en general explotaba de tanto desarrollo inmoviliario y auto nuevo, y con el auge llegaron más vigilantes. Desde hace rato Quito se había vuelto chiquito. Era raro, entre más crecía la ciudad más pequeño se volvía el lugar para cada uno. Hombres y mujeres luchaban en la clandestinidad de la noche por un pedazo de asfalto. La guerra estaba declarada y los vigilantes, cargando esposos, esposas e hijos libraban sus batallas. Nosotros mientras tanto dormíamos y al amanecer solo encontrábamos sangre secándose al sol.

Entre palasos, puñetes, patadas y quién sabe qué más, los vigilantes llegaron a una tregua y se dividieron el territorio. El acuerdo era endeble, podía desbaratarse de un momento a otro. Lucas, que siempre se pasaba de la raya, era el que más tambaleaba sobre la cuerda. Aunque parecía ser eterno por eso de que yerba mala nunca muere, una noche simplemente desapareció del mapa hasta ser encontrado por Blasco Tornamesa, aquella mañana.

Finalmente, aquel día con el Suco Altamirano, cuando me contó de su muerte me enteré además, que el médico  que estuvo con Lucas en su agonía, había dicho que sus últimas palabras fueron: Chuspi es Darío, Chuspi es Darío.


Emilio Salao Sterckx