sábado, 27 de diciembre de 2014

EN EL AÑO DE LA COMETA



 
 José Manosalvas. Ascendiendo al corazón. 4to Concurso Nacional de Fotografía de Aventura




I

Mi hermana y yo volábamos una cometa cerca de la cima de un monte árido y polvoriento, lejos del Tingón, nuestra montaña. La cometa roja bermellón de papel de seda estaba suspendida en el aire a cientos de metros. El cielo estaba despejado, el atardecer llegaba y oscurecía los secos montes que rodeaban Yaruquíes, el pueblo. De pronto solo habían dos colores: un pedazo negro e irregular y una luz granate, distinguible en su plenitud desde las montañas.

-VAMOS GUAMBRAS, QUE ANOCHECE– gritaba Lola, mi tía, rodeada de paja y sigses en la cima del monte mientras recogía a sus dos vacas, Petunia, Carola y su ternero Jacinto. Nos habíamos alejado tanto para encontrar suficiente chilca, así que ascendiendo por la ladera cruzamos los límites secos y solitarios de la hilera montañosa.

El viento dejada de silbar y la cometa descendía pese a nuestra carrera desesperada por mantenerla en el aire. Se estrelló en el interior de una cabuya. El papel de seda y el rombo estaban destruidos, así que la dejamos atrás para continuar el camino de retorno.

Hombro con hombro tras mi tía, tomamos el estrecho sendero que descendía hasta el pueblo. En el camino encontramos dos ramas fibrosas de eucalipto y las usamos como bastón. Margarita tenía una mejor, redondeada en un extremo, lisa y libre de astillas. Tenía que quitársela y se la arrebaté por sorpresa  y ella lloró de inmediato llevándose los puños a los ojos.

Recordé, gracias a sus chillidos, que el día anterior había visto obreros levantando muros rojos de madera al costado del cementerio en una cancha de fútbol polvorienta. Construían un espacio circular que ocupaba toda la cancha. Lo recordé porque Margarita también lloraba ahí.
-¿Qué es eso, Lola?– pregunté.
-Es una plaza de toros.
-¿Vamos a tener una plaza de toros? – preguntó Margarita enjugándose las lágrimas.
-Sólo por unos días. Yaruquíes está de fiesta.
-¿Qué celebramos?
-La verdad, nada. Es asunto de Valerio, quiere ser el prioste de estas fiestas para mostrar sus ganancias de este año en vendiendo gas.
-¿Y ya tienen a los toreros? – pregunté.
-Cualquiera puede ser el torero.
-Yo quiero ser torero.
-Tú quieres ser todo, Manolo– respondió Lola –si mañana ponen una pista de hielo vas a querer ser patinador, si ponen gallos de pelea vas a querer ser gallero…
-NO. YO SERÍA EL GALLITO.
-Y ¿Cuándo van a venir los toros y los toreros?– preguntó Margarita.
-En tres días.
-¿Y nos vas a traer para verlos?
-Claro guambras, yo también quiero ver los muertos.

Estaba agitado, quería que los días pasaran rápido para mirar las capas rojas, trajes brillantes, las gorritas negras; la trencilla envuelta con un listón rojo; las imponentes hombreras, el majestuoso saludo al público; la ira del toro, la locura del toro, la agonía del toro, su lengua áspera, desmayada y la sangre rodando por su lomo.

Las piernas me temblaban -los toros aquí en Yaruquíes- La bulla de la gente en mi panza como un remolino. Por primera vez en aquellas vacaciones deseaba estar en clases con el resto de niños, para hablar de los toreros y para jugar a los toreros. A nuestro reencuentro tendríamos mucho de que hablar.

II



Margarita estaba en el comedor mirando por la ventana hacia el huerto de Lola. Petunia, Carola y Jacinto rumiaban. Ella hacía un puchero pensativo con los codos apoyados en el marco de la ventana. De su burbuja era mejor no sacarla.

La casa no tenía muchos muebles. Lo que causaba cierta sensación de ornamento era la mesa de palmito, unas sillas pesadas con un brillo aceitoso. Yo, debajo de la mesa escuchaba  la madera quebrándose y los jadeos de papá bajo el sol ardiente. Salí.

Papá cortaba la leña en las mañanas sin camisa. Los músculos de su pecho y de su espalda brillaban con el sudor, las venas  marcadas de sus brazos y manos se hinchaban al levantar lentamente el hacha para luego dejarla caer sobre el tronco. Su exhalación era similar a un silbido.
-Sí sabes que mañana hay toros en la cancha de fútbol ¿verdad?– pregunté.
-En cuál cancha– respondió levantando el hacha.
-La que está a lado del cementerio.
-¿Quieres ir?– preguntó dejándola caer sobre la madera.
-Sí,  Lola va llevarnos.
-¿Ella ya lo sabe?
-Claro, ella mismo nos contó, luego nosotros le dijimos que queríamos ir y ella dijo que también quería y…
-Ya entendí.
-¿Entonces?
-Vayan, pero quiero que no se acerquen al toro, quédense bien lejos.
-Claro, papá.
-Quiero que le digas eso a tu tía.
-Sí, le voy a avisar.
-Anda y díselo ahora.
-¿Ahoritita?
-Sí Manolo, "ahoritita" antes de que se te olvide.

Obedecí inmediatamente. Al entrar en su casa la encontré lavando sus calzones en el tanque de agua.
-Mi papá dice que nos tenemos que quedar lejos del toro.
-Eso es obvio, Manolo. ¿Qué piensa él? ¿Que los voy a poner en los cuernos del animal?

Mientras Lola lavaba y balbuceaba me di cuenta que Margarita seguía en la ventana sin perder de vista a las vacas. Me despedí de mi tía con un beso en el cachete. Regresé a casa, mas tarde iría con ella y las vacas al Tingón.

Mamá estaba en la cocina friendo unos platanos y escuchando la radio.
-¿Qué estás haciendo Manolo?
-Fui a decirle a Lola que papá dijo que nos mantenga lejos del toro.
-¿Qué toro?
-Es que mañana hay toros en la cancha de fútbol.
-¿Cuál cancha?
-La que está a lado del cementerio.
-¿Por qué habrá toros?
-No sé, Lola me dijo que era asunto de Valerio.
-Claro que debe ser asunto de Valerio, desde que se metió a lo del gas anda alardeando con cualquier cosa. Él sabe perfectamente que a nadie le agrada, seguro planea algo.
-A mi no me importa Valerio. Cuando saluda sólo te mira a ti, cuando yo lo saludo no me responde. Me cae mal.

Mamá echó unas carcajadas y después  puso los plátanos sobre el plato con un bistec, arroz y lechuga. Margarita no habló durante el almuerzo, noté que seguía en su pompa, pero no pregunté nada en la mesa, prefería hablarle en el Tingón.

Más tarde ya estábamos con mi tía y las vacas avanzando a paso lento. Lola dijo que era mejor que Petunia, Carola y Jacinto coman hojas de maíz, así que no iríamos muy lejos. El camino a través del pueblo resultaba intimidante por los perros, todos ariscos. Los imaginaba rabiosos lanzándose sobre mis muslos, arrancándome un pedazo de carne.

Yaruquíes estaba lleno de perros y la mayoría retozaba al pie de la casa de sus amos, haciendo la guardia. Tenían una mirada alerta y amenazante, aunque estuviesen acostados y sin ladrar. Se veían huesudos y hambrientos. En la escuela cuando sonaba la campana me pegaba disimuladamente a Juan Renán, mi vecino. Aunque nunca jugábamos juntos, ni yo parecía simpatizarle caminaba en silencio a su lado hasta llegar a casa. También temía que Juan Renán se de cuenta.

Pronto dejamos atrás las calles polvorientas pero a las puertas del Tingón estaba la prueba de fuego, la finca de los Álvarez. Quedaba en la cima de lo que alguna vez fue un monte verdoso. Tenían tres perros musculosos y feroces. Cada día los tres canes descendían ladrando y a toda velocidad al darse cuenta de nuestra presencia.

Ese día no fue la excepción. Lola hizo como que no escuchaba y siguió caminando. Margarita se escondió tras su falda y yo me acerqué a ella lo suficiente para sentirme protegido, pero también disimulando mi miedo, imitando la impávida expresión de Lola. Mi rostro sudaba y mi frente ardía al rojo vivo hasta incendiar toda mi cabeza. Los piojos me devoraban el craneo y yo me rascaba el desesperadamente.

-No te rasques– dijo Lola –si lo haces los piojos te chuparán toda la sangre de la cabeza y se te secará el cerebro– No la escuché, tenía que rascarme.

Las bestias no pararon de ladrar hasta que dejamos atrás la finca. Ya lejos sus ladridos eran sólo un murmullo, un zumbido perdido entre las hojas de los eucaliptos.

El Tingón no era solamente una colina árida e infértil, a sus pies estaba un oasis lleno de verdor. Algo así como un valle diminuto donde florecía la vida.

La montaña tenía dos estrechos caminos de acceso. El de la derecha, que llevaba directamente al Tingón, nosotros tomamos el de la izquierda que conducía al oasis. Pasamos debajo del follaje del taxo que formaba un arco sobre nuestras cabezas. Para esa época del año sus frutos maduraban mucho más rápido. Margarita y yo arrancamos dos, abriendo su membrana y masticando su fruto frío y agridulce. Luego caminamos bajo la sombra del sendero.

-Dónde está el arbusto de llantén– pregunté.
-Cerca de la acequia– contestó Margarita –sé de memoria donde está plantado.

Ella corría como una liebre sin dejar una pisada entre los surcos ni levantar una partícula de polvo. Cruzamos el sembrío de zanahorias. Al llegar al arbusto arrancamos una hoja de llantén para cada uno y nos las pegamos a la nariz. Quería devorar las hojuelas mientras Margarita se hundía en el interior del arbusto dando vueltas.

-AY QUE RICO– gritó.

Trepamos hasta el filo de la acequia para mirar los timbules[1]. Abundaban en lo profundo donde no llegaba el sol, junto a un muro enramado de poleo.
-¿Ves algún sapo?– pregunté.
-No, nunca los vemos, ya no los busco, sé que nunca los voy a encontrar. Además me parecen feos, los timbules son más bonitos.
-¿Por qué te parecen feos?
-Me da miedo sus ojos saltones.
-Que estúpida eres, no hay por qué tenerle miedo a un sapo.
-NO ME DIGAS ESTÚPIDA.
-ESTÚPIDA, ESTÚPIDA, ESTÚPIDA.

Margarita se lanzó sobre mi con el rostro colorado, los dientes feroces y los ojos húmedos.La tenía encima aplastándome los brazos con sus rodillas para luego ahorcarme.
-TE DIJE QUE NO ME LLAMARAS ESTÚPIDA.
-YA DEJEN DE PELEAR– gritó Lola desde una plataforma de césped. Petunia, Carola y Jacinto comían hojas de maíz. Margarita seguía ahorcándome.
-SI SIGUES MARGARITA LE VOY A CONTAR A TU PAPÁ QUE NO ME OBEDECISTE– Se separó de mí pero no sin protestar.
-ÉL EMPEZÓ, ME LLAMÓ ESTÚPIDA.
-NO LE DIGAS ESTÚPIDA A TU HERMANA, MANOLO.
-Sí tía.

Un momento de ira incontrolable y después como si nada volvimos a la acequia.

Agitábamos el agua y los timbules se  revolvían. Miramos las libélulas rojas y amarillas pasar frente a nosotros y aterrizar sobre una piedra en mitad de la acequia, quedándose totalmente quietas.

Cerca de donde comían Petunia, Carola y Jacinto había una caverna artificial de paredes salinas, irrigada por una fuente de agua. Un estanque oscuro, helado y con el eco del goteo. Entramos en la gruta y mojamos nuestras manos. A diez pasos de la caverna estaba otra acequia más grande que la anterior, mejor protegida por la sombra, con el tilo amontonándose en la orilla con sus hojas verdes y amarillas. Había más timbules y muchísimas más libélulas. Sobre el césped crecían hongos de sombreros gigantescos y dorados.

Jugamos hasta el atardecer, mientras Lola recogía algunas zanahorias y cortaba  pasto con la hoz. El cielo estaba despejado y pudimos saber que era hora de volver a casa: el tono grana de las faldas del Chimborazo tornaba a granate.

Vimos una vez más el montaje de la plaza de toros. Imposible no firjarme antes de irme, por eso cuando Lola juntaba las vacas corrí hacia el costado derecho del Tingón. Margarita me siguió.

Esquivamos nuevamente las sagradas zanahorias de Lola, luego subimos por un sendero arcilloso, corrimos a los pies de tres enormes y robustos eucaliptos sembrados por el abuelo. Parecía que su montaje había concluido. Las piernas me volvieron a temblar al pensar en la cercanía del gran día.

En el retorno a casa volvió la comezón a mi cabeza y pensé en otra cosa para no rascarme. Recordé la misteriosa mueca pensativa de Margarita al medio día.
- En qué pensabas hoy?
-¿Cuándo?
-En la mañana, cuando mirabas a las vacas por la ventana.
-Ah, ya me acuerdo. Recordaba los anteriores terneros que tuvo– luego volteó hacia Lola –Siempre has tenido terneros, verdad.
-Sí, aunque hubiese preferido una ternerita de vez en cuando.
-¿Por qué todos tus terneros siempre se llaman Jacinto?
-No se me ocurre otro nombre– contestó Lola –me parece que es el mejor nombre para un torito.
-Y si  tuvieses una ternerita qué nombre le pondrías.
- Buena pregunta guambrita, déjame pensar.
-¿En eso pensabas hoy? – Pregunté a Margarita.
- Sí.
- Es una buena pregunta.
- ¿Verdad que sí?– Volteó de nuevo hacia Lola –¿Ya pensaste en un nombre?
- Sí, si tuviese una becerrita la llamaría Lady Di.



III


Desperté por el repicar de las campanas, en la iglesia de San Juan Bautista había mucha agitación. Mamá había salido al mercado y papá barría la vereda de la entrada. Margarita, despierta desde temprano, jugaba en el patio con su conejo sobre una estera. Salté de la cama, me puse una camiseta y bajé las gradas corriendo.

El cielo estaba despejado. Un tímido viento aligeraba el calor, creando un ambiente apropiado para jugar. Cualquier juego era el indicado, solitario o acompañado, con mi risa o la risa de mi hermana.

Desayuné una palanqueta untada de mermelada de pechiche con una tasa de chocolate caliente. Luego escogí tres claudias maduras de la fuente de frutas. Estaban rojas, gordísimas y a punto de estallar. Las hacía explotar en mi boca mirando a Margarita desde la cocina. Seguía jugando con su conejo.
-Despertaste– dijo papá, que traía consigo la escoba –¿Qué tal dormiste?
-Más o menos, me costó mucho cerrar los ojos.
-¿Por la corrida de toros?
-Sí, estoy emocionadísimo.
-Cuando entré a tu cuarto tuve que desenredarte entre las cobijas. Tienes que aprender a dormir Manolo, ya te he dicho.
-También es por los piojos, me pican durante la noche.
-Manolo, no tienes piojos. Tuviste alguna vez pero tu mamá los mató a todos con un shampoo especial.
-Pero me siguen picando.
-Tú crees que te pican pero los piojos ya no existen, están solo en tu imaginación.
-Pero hasta Lola dice que tengo la cabeza llena de piojos.
-MI HERMANA ESTÁ LOCA- gritó papá -ella no entiende sobre el poder de la mente. Ella piensa que solo existe el mundo que puede ver y tocar, por eso si tienes comezón ella está segura que tienes esa plaga. Te repito, no tienes piojos y te lo seguiré diciendo hasta que estés convencido. En fin, cambiemos de tema ¿A qué hora empieza la corrida?
-A las dos de la tarde.
- Hace una hora estuve en el almacén de Valerio- dijo papá -Hablaba por teléfono con un hacendado de Cajabamba…
-¿SOBRE QUÉ HABLABAN?
-Sobre el camión que traía a los toros, o algo así. Parece que el hacendado los trajo temprano porque tenía que atender su hacienda en Mocha.
-¿Qué más dijeron?
-No lo sé, Valerio me lo explicó cuando colgó el teléfono. Más tarde fui a la cancha de fútbol. La plaza está terminada pero estaban armando una pequeña tarima en las gradas. Hasta hay parlantes y micrófonos.
-¿Vas a ir con nosotros a la corrida?– pregunté y aquello pudo considerarse una pregunta retórica para un acostumbrado NO, pero en aquel momento de verdad era una duda para mi.
-No lo sé- dijo papá –Tú sabes que mi hermana y yo no nos llevamos muy bien. Nos cuesta mucho estar en el mismo lugar. Además si vamos ustedes tendrían que estar con nosotros y Lola estaría sola. Seguro sería muy feo para todos.
-Eso no es cierto, sí pueden estar en el mismo lugar. En el cumpleaños de la abuela estuvieron en la misma mesa y no pasó nada.

Papá me miró en silencio por largo rato, rascó su cabeza y posó una mano sobre su rodilla. Su piel trigueña, sus venas saltadas y las cicatrices en los dedos palpitaban mientras meditaba.
- Iremos – dijo finalmente.

Después del desayuno arrebaté a Margarita de su conejo y la llevé del brazo hacia la cancha de fútbol. Esperaba ver los toros ahí, pero no estaban. Cerca de la tarima miré a Fausto, de la escuela, lo llamaban Ashco[2] por estar siempre sucio y oliendo a perro. Curioseaba la labor de los obreros. Al verme se acercó. Ashco se parecía mucho a su madre, no sólo en la cara sino también en lo chismoso y fisgón.
-Ashco, ¿Sabes dónde están los toros?
-Dicen que ahora están en un camión atrás de la iglesia– contestó mirando a Margarita –El párroco aceptó tenerlos en uno de los patios del convento. ¿Quieres verlos ahora?
-Me muero por verlos.
-Pero si los vas a ver después.
-Lo sé, pero no he dormido bien sólo de pensarlo, ya no puedo esperar más.
-¿Tu también quieres verlos?– preguntó a Margarita que tenía la mirada puesta en el Tingón.
-No, yo quería seguir jugando con Eloy.
-¿Quién es Eloy? – preguntó Ashco.
-Es su conejo.
-Volvamos a casa– dijo Margarita rogándome –mamá ya debe estar por llegar y trae chocolates.
-¿Te dijo eso?
- Sí, creo que también iba comprar una sandía.
- Está bien– dije, imaginando la sandía deshaciéndose en mi boca –volvamos a casa.

Nosotros volvíamos a casa para comer sandía, mientras Valerio corría por todo el pueblo preparando los pormenores de la corrida. Estaba en el convento de San Juan Bautista.
-No puedo darle la cerámica de nuestro santo patrono– decía el párroco Carrillo, mientras caminaban entre los pasillos del convento. Patojeaba con cierta molestia.
-¿Cuál es el problema?– preguntó Valerio– si es cuestión de alquiler de la estatuilla o trámites con el arzobispado creo que podemos arreglarlo así– tronó sus dedos.
-Lo del dinero no es el inconveniente, usted sabe que el papeleo puede hacerse posteriormente. Es por otra cuestión que no puedo prestársela.
-¿Cuál?
-Sus motivo Don Valerio. No encuentro ningún fin religioso en esta celebración. Usted está haciendo esta corrida de toros por su agenda.
-Por favor Carrillo, desde cuándo la iglesia y la política no han ido de la mano.
-Eso yo lo sé, pero no puedo arriesgar a mi iglesia ni mi nombre frente a un fin político del cual no tengo claro el objetivo. Las cosas que andan pasando últimamente: las desapariciones, los alfaristas y todo eso... hay que ser cauteloso.
-PERO CUÁL PIENSA USTED QUE ES MI BANDO.
-No grite Don Valerio, no es necesario.
-Perdóneme padrecito– dijo Valerio mientras se santiguaba –pero cuál piensa usted que es mi bando. Esto se hace en apoyo al presidente, no en su contra.
-Eso tenía que haberlo aclarado antes de organizar todo esto.
-Disculpe padre Carrillo pero creo que usted es el único que no sabe cuál es mi posición política. Mi nombre es bien sonado en estos rumbos.
-No tiene que tratarme como forastero Don Valerio, soy el párroco de Yaruquíes desde hace doce años. Además usted no siempre ha sido famoso. Este último año su nombre ha sonado gracias a su lucrativo negocio, pero su apellido no había significado mucho por aquí durante años.
-Me da la impresión de que usted me ve como un arribista. Le recuerdo que mi familia tiene su historia. Mi padre fue un terrateniente con gran influencia en la municipalidad, no se diga en este pueblucho de mierda.
-Ya basta Valerio, no vamos a llegar a las palabrotas en la casa de Dios. Haga su oferta.

Valerio sonrió mostrando una amplia hilera de dientes amarillentos. Mientras maquinaba su oferta, imaginaba las próximas elecciones con su pancarta pegada en un poste de luz promocionándolo para concejal, con su sonrisa amarilla impresa en millones de volantes.
-Le ofrezco resultados– dijo finalmente.
-¿Cómo es eso?
-Estoy al tanto de su poder económico. Lo que le ofrezco son beneficios posteriores, a cambio de que me auxilie con algo más que la estatuilla de San Juan…
-Creo que ya sé por donde va.
-Apoyo económico para mi campaña, eso es lo que pido. Digamos que lo de la estatuilla es un acto simbólico, si usted desea, con el cual ratificaría su sustentáculo para mi campaña electoral.
-¿Sustentáculo? Que rebuscadas son sus palabras. Por qué es tan importante para usted mostrarla.
-Porque eso les dará confianza a todos. Este pueblo lo apoya mucho a usted y a su iglesia. Usted, en sus buenos tiempos, fue visto como la mano derecha de monseñor Leonidas Proaño– Carrillo olvidó que estaba siendo adulado y se creyó lo de “mano derecha” –A veces parece que la iglesia es lo único que tienen esos desgraciados– continuó Valerio –Si asocian su nombre y el mío, automáticamente habré ganado muchos votos.
-Piensa en todo, ¿no?
-Así es.
-Tiene razón en todo lo que dijo, pero quienes son más fieles a la iglesia son las comunidades indígenas de alrededor.
-Lo sé y por eso me he encargado de que ellos sepan del evento. Los camiones están llegando por decenas desde Cacha. Toda la indiada está bajando a Yaruquíes, sin contar a quienes vienen de Riobamba y las comunidades más pequeñas. Digamos que Yaruquíes es la sede del evento por cuestiones logísticas.

Valerio había planificado todo minuciosamente, no había duda. Así que Carrillo aceptó su propuesta intranquilo. Valerio salió sonriente del convento, eso sí, sin quitársele lo apurado. Detrás de él andaba Benito, su sirviente, cargando la pesada estatuilla de Juan Bautista. Atravesó la plaza, regresando a su distribuidora y por teléfono habló con sus influencias del ayuntamiento. La banda municipal estaba en camino.

A propósito del sirviente de Valerio, vale precisar que el padre de Benito, Rogelio fue alguna vez el sirviente del padre de Valerio: Don Calmiro. Un día Don Calmiro entregó Benito a Valerio diciéndole “él es tu sirviente”. Al principio ambos, Valerio y Benito no entendieron que significaban las palabras de Don Calmiro, así que fueron amigos y al igual que yo y Margarita, jugaron en una acequia llena de timbules y libélulas durante años.  Esa acequia seguramente ya no existe. Conforme ambos crecieron fueron entendiendo las palabras escuchadas, hasta que cada uno supo exactamente cual era su lugar. Hoy por hoy de esa vieja amistad ya nadie se acuerda.

Ahora sí, volvamos a nuestra historia.

A partir del medio día, perseguí a mamá en sus quehaceres, despilfarrando bromas de la cuales no recibí una risa. Su jadeo ahogaba cualquier posibilidad de emitir alguna carcajada. Miraba su cabello rubio y enredado cayendo sobre su frente. Sus cejas eran un peso incontenible. 

Cargó la ropa sucia en el canasto y la llevó al tanque de agua caminando sin mirar el camino. Tanteó el tanque de agua buscando el grifo. La encontró, la abrió, echó la ropa y luego el detergente.
-¿Vas a ir a los toros mamá?
-Estoy cansada pero se supone que vas con tu tía Lola ¿no?
-Sí, pero seguro no quieres ir.
-He estado de pie desde la siete de la mañana. Limpié la cocina, la sala e hice el almuerzo temprano para poder ir de compras. Vengo cargando tres bolsas pesadas en el bus y ahora estoy lavando la ropa, además…
- Ya entendí mamá, estás muy ocupada…
- Y cansada.

Era cierto, mamá siempre tenía algo que hacer. Verla sentada y sonriendo era un instante fugaz entre la siesta y la hora de preparar la cena.

- Ambos estamos muy ocupados, vayan nomas con Lola -dijo papá que había estado escuchando.
- Pues si no hay de otra...
- Sabía que entenderías. Cuida mucho de tu hermana, no te alejes de ella. Habrá mucha gente en la corrida y va a ser más fácil perderse.
- Sí papá.

En la mitad del día que siguió a nuestro almuerzo, un imponente sol envolvió el pueblo sin dejar mucha sombra bajo la cual cubrirse ni nube cercana que hiciera de cortina. Con Margarita fuimos a casa de Lola. Mi tía vestí un chal nuevo y un sombrero pulcrísimo de cinta negra, bastante brillante. Tomamos la misma ruta de todos los días, como si fuésemos al Tingón. Justo antes del trecho a la finca de los Álvarez dimos vuelta a la izquierda. El ruido y el alboroto iban de un murmullo a un bullicio elocuente y claro. Llegamos a la plaza de toros.

Cientos de personas en los alrededores. En la tarima el sonido de la banda municipal levantaba el polvo del suelo. En la calle, el olor a chicha emergía del fondo de centenares de ollas. A pesar del calor nadie parecía asfixiarse.

Lola nos llevaba a cada uno de la mano, caminando entre borrachos dormidos en el paso con moscos sobre sus caras. Desfilamos entre puestos ambulantes de mote con chicharrón, tortillas de papa y algodón de azúcar color rosa. En este último, Margarita se detuvo para que Lola le compre el más grande.

Busqué caras conocidas. Las había, pero esperaba ver más, sobraba tiempo para que lleguen. Aún así la impaciencia por entrar a la plaza dominaba mis piernas. Tiraba a Lola de la mano para que camine más rápido. La entrada era bastante angosta con gente apretujándose impacientemente. Nos zambullimos en el montón, empujando para poder avanzar. Faltaba oxígeno así que traté de pararme de puntillas y sacar la cabeza entre los hombros del gentío. Apreté la mano de Margarita para que no se pierda.

Entre más avanzaba más difícil se me hacía respirar.
-ÑAÑO– gritó Margarita –¿DÓNDE ESTÁ LOLA?
-LA PERDÍ, TALVEZ ESTÁ MÁS ADELANTE –De pronto sentí una mano áspera tomándome del cuello de la camiseta, alzándome entre la gente y llevándome hacia delante. A mi lado otro brazo levantando a Margarita y asentándonos en tierra firme.

-¿DÓNDE CARAJO ESTABAN?– preguntó Lola.
-Justo detrás de ti– contestó Margarita –¿Por qué nos soltaste?
-Yo no los solté, Tú te soltaste Margarita.
-No es cierto, yo te apretaba bien duro la mano pero aún así desapareciste.

Los empleados de Valerio daban vueltas de un lado a otro preparando los últimos detalles. En las graderías, la gente corría para acomodarse en el mejor puesto. Había cierta sensación defragilidad en el ambiente. La plaza de toros desarmable parecía estar en pie gracias a un tembloroso palillo de dientes.

La banda municipal tocaba al fondo del escenario. Tenía miedo de que una vibración fatal destruya todo. Cuando Margarita y Lola terminaron de discutir buscamos un asiento lejos de la arena, pero con buena vista.
-A ellos no los conozco– dije a Lola, señalando a una familia del graderío de enfrente.
-Son del Shullo, no vienen mucho por aquí. La señora más vieja es bruja.
-¿EN SERIO?– preguntó Margarita.
-Sí, se llama Ramona y lee las velas encendidas, dicen que casi siempre acierta.
-He oído de ella– dije –Cuando robaron en la escuela, los profesores le llevaron un pedazo de vidrio que los ladrones habían roto. Dicen que ella pasó una vela por el trozo de vidrio y que después dijo lo que había visto en el fuego.
-¿Qué vio?
-No mucho, sólo que los ladrones estaban arrepentidos y con miedo. Después el director tuvo la esperanza de que devolvieran lo robado.
- JA– expresó Lola –¿Aué shua[3] devuelve lo robado? Si que es tonto tu director.
-¿Quiénes son esos que están muy quietos? –preguntó Margarita, señalando a un gran grupo de personas.
-Son los Auquilla, de Santa Clara. Hace un año murió su patriarca, Segundo Auquilla, el más antiguo miembro de la familia. Desde ahí andan tristes y callados, creo que van a llevar el luto tres años.
-Yo pensaba que la mayoría venía de Cacha.
-Sí, la mayoría viene de Cacha, pero hay bastante gente de Santa Clara, Santa Cruz, el Shullo y Tancuán. Parece que Valerio trajo a todos.

De pronto sonaron los parlantes ruidosamente con la voz de Valerio. Ahí estaba, parado sobre la tarima con la sonrisa amarillenta y sus pómulos colorados. Sus ojos parecían dos manchas negras.

-Buenas tardes querida gente yaruqueña – empezó diciendo mientras acomodaba el micrófono. La banda había dejado de tocar –Buenas tardes amigos de las comunidades aledañas. Hoy veo gente de muchos lados que han concurrido a este evento. Me alegra, porque esa es la actitud que debemos tomar todos lo miembros de ésta, nuestra hermosa provincia del Chimborazo: unirnos y dar ejemplo a todo un país. Muchos me preguntaron cuál era la razón de esta fiesta, como si sólo se pudiese celebrar en fechas especiales del calendario. La celebración son ustedes, sí, ustedes mis compatriotas y hermanos. La segunda razón es la paz, pues hoy más que nunca debemos unirnos con ese objetivo frente a la grave crisis social que atravesamos.

Yo puedo asegurar– continuó –nuestra gente campesina, trabajadora y honesta es la que está a salvo de la ola de violencia que azota nuestro querido Ecuador. Aquí, en esta isla de paz no veremos las desapariciones, la muerte, los terroristas y la destrucción que nos invade bajo el falso nombre de la revolución. No señores, Chimborazo es una isla de paz, donde la gente únicamente entiende de trabajo, de sembrar y cosechar su tierra. Estoy seguro que nuestro querido presidente León Febres-Cordero mira a la provincia de Chimborazo como el ideal de la sociedad ecuatoriana –Al fondo del escenario, el trompetista de la banda municipal cayó de jeta por la borrachera, dejando salir un sonido amorfo por la trompeta.

Bueno…– siguió hablando Valerio –esta tarde quisiera que todos agradezcamos a Dios, a través de la figura de Juan Bautista– señaló hacia la estatuilla en el costado izquierdo del escenario –que ha sido prestada por el nobilísimo padre Domingo Carrillo, quien afanado y entusiasta me la entregó, santificando tan noble evento. Ojala él mismo estuviese aquí para darnos unas palabras, pero como sabemos el padre Carrillo tiene su propio vía crucis, debido a sus almorranas que apenas le permiten caminar, no se diga…– Su obeso director de campaña le hizo señas para que cambie de tema.

Valerio seguía hablando, pero tras la tarima se abrieron las paredes de madera color rojo y entró un camión de retro. Al pie de las puertas posteriores del automotor los peones colocaron una rampa, asegurándola con ladrillos a los bordes. Pero Valerio no dejaba de hablar y aunque la mayoría de la gente lo miraba, no parecía prestarle demasiada atención. Yo esperaba impaciente a que termine su discurso, pero la palabrería continuaba, así que di una ojeada a la gente en los graderíos. La plaza estaba repleta, no quedaba un agujero donde sentarse. Entre la multitud distinguí una cabeza rubia. Era mamá, caminando entre la gente y detrás de ella iba papá con expresión tensa y seria.

 -MAMÁ– grité, pero la voz amplificada de Valerio opacaba cualquier grito de mi garganta.
-Pero está hermosa celebración– seguía diciendo Valerio –tuvo muchos obstáculos en el camino, aún así no me rendí. Me empeciné en honrar a mi gente. Lo hice desde una convicción muy personal, por ello quise regalarles a ustedes este espectáculo. Algunas personas ignorantes llegaron a calumniarme diciendo que para esta celebración usé mis influencias, que pedí dinero a las juntas parroquiales de las distintas comunidades aquí presentes; que utilicé dinero ahorrado para la rehabilitación del canal de riego. PUES NO SEÑORES, no he utilizado ni un centavo de mi pueblo, he utilizado mi propio dinero, ganado con el sudor de mi frente. Además, ustedes saben perfectamente que las juntas parroquiales no tienen ni un centavo.

Estaba tan aburrido que mi cuerpo adquirió un peso descomunal. La vista me ardía, mi cabeza se balanceaba de un lado a otro y sentía los piojos devorándome. Sin embargo el discurso de Valerio parecía estar a punto de concluir y cuando anunció el inicio del evento y la banda municipal volvió a tocar, me recompuse automáticamente. Absorbí suficiente aire en mis pulmones y grité hacia donde estaban papá y mamá. Mamá escuchó enseguida pero no me encontraba, su mirada recorría el público y yo agitaba los brazos llamando su atención. Cuando me vio hizo un gesto para que me quede sentado y al mismo tiempo señaló que no podía estar con nosotros.

Nos dimos tiempo para sonreír y en esa sonrisa decirnos -estamos juntos- Margarita también reía, sumándose con perfección en ese lazo invisible que extendía nuestras miradas. Papá dejó un rato su seriedad y nos cubría a los tres con sus ojos oscuros, cerrando así nuestro círculo.

Y ahora sí – dijo Valerio, para concluir – el momento tan esperado por todos. QUE EMPIEZEN LOS TOROS.




IV


Benito abrió los portones del camión y le propinó un palazo en el lomo a un toro negro. El animal descendió rápidamente por la rampa hasta llegar al centro de la plaza.
-Dónde están los toreros– pregunté.
-Sentados entre el público– dijo Lola.
-No los veo, dónde están.
-Ya te dije que sentados entre el público.
-Mentirosa, ya las hubiese visto, sus trajes son muy brillantes.
-JAJAJA. Ya sé en qué corrida de toros piensas que estamos– dijo Lola –crees que será como en la plaza Raúl Dávalos[4] ¿verdad?
-Pues sí.
-No guambra, ésta es otra clase de corrida de toros. Son toros de pueblo, aquí no hay toreros profesionales.
-¿Entonces?
-Chumados.
-¿Chumados? Con qué capa van a torear.
-Con el poncho.
-Y quién mata al toro.
-Nadie, el toro regresa a su casa.
-¿NADIE MATA AL TORO? ¿Cuál es el chiste si no se mata al toro?
-El chiste está en los borrachos que huyen del toro para que no les claven los cachos.
-¿Los mata?
- A veces, pero siempre hay heridos.

No tenía que decir nada más, ya me lo había vendido todo. La imagen de un toro levantando con los cuernos a un borracho me traía más euforia que el lidiador de lentejuelas.

Al principio el toro corría pero nadie saltaba para desafiarlo hasta que Alberto, mi primo de 22 años cumpliditos, entró al encuentro con el animal. Lola se puso de pie mirándolo estupefacta.

-REGRESA A LAS GRADAS – gritó, pero era imposible que Alberto la escuche. Él estaba tan ebrio que apenas podía encontrar al toro. Yo en cambio apenas y respiraba de la alegría. Miré fijamente hacia la arena, quieto, esperando la primera embestida como si yo fuese Alberto –ESTE PENDEJO– siguió diciendo ella –CARAJO ALBERTO SAL DE AHÍ.

El toro hundió fijamente sus ojos sobre él, rascando el suelo con la pata derecha y exhalando vapor por sus fosas nasales. Alberto imitó el desafío ridículamente.
-VENTE TORO– gritaba –VENTE– El vacuno emprendió la carrera contra el delgado y tambaleante cuerpo de Alberto. A cinco metros de ser embestido volvió en si mismo y echó a correr. Recorrió el borde circular de la arena gritando: HIJUEPUTA, HIJUEPUTA, HIJUEPUTA, hasta que logró esconderse tras una barrera.

El público vibraba y las carcajadas estremecían mi corazón.
-Este guambra– expresó Lola entre risas –siempre haciendo tonteras, pero eso sí, sin dejar de hacernos reír.
-No pensé que mi Alberto fuese tan valiente– dijo Margarita.
- Eso no es valentía– respondió Lola –es el cerebro adormecido por la chicha.

Desde aquel día lo admiré para siempre.

La corrida apenas empezaba y un hombre pequeño, algo mayor se atrevió a saltar. Desafiaba al toro agitando su poncho. Sin dudar, el vacuno arremetió a toda carrera y el hombre logró deslizar su prenda por el duro lomo de la bestia. Aplaudido por el público tomó más valor. El mamífero volvió a arremeter y nuevamente fue burlado. Tres personas más saltaron a la arena y el espectáculo florecía bajo el sol.

Minutos después algunos campesinos obligaron al animal a regresar al camión, parecía agotado. Benito liberaba un ejemplar más grande, blanco y con manchas cafés. La robustez de la bestia intimidó incluso al público, aun así dos personas saltaron desde los graderíos. El animal descendió iracundo por la rampa y arremetió con el primero que tuvo en su camino. Yo lo conocía, era Pascual Pacheco, un soldado raso de la Brigada Blindada Galápagos. Recientemente lo habían dado de baja por exponerse ebrio en el desfile del 21 de abril en la avenida Daniel León Borja. Pascual fue expulsado por los aires y cayó al suelo de espaldas. El toro se lanzó sobre él y con fuertes cornadas lo levantó y dejó caer, repitiendo el ataque tres veces. Los demás corrieron hacia el animal tratando de distraerlo, mientras Benito arrastraba a Pascual tras la barrera.

El robusto vacuno buscó a su segunda víctima en Nicolás Machado, un choro que solía trabajar en su tiempo libre como controlador de bus en la línea El Sagrario, pero Nicolás era bastante avispado y no se dejó tocar, esquivando la embestida con agilidad. El toro lo persiguió y Nicolás huyó a toda velocidad. Al no encontrar una barrera cercana, saltó sobre el muro que aislaba las gradas de la arena, cayendo de cabeza dentro del estrecho pasillo.

Al animal nada parecía agotarlo, su furia aumentaba y cada vez era más difícil controlarlo. Lastimó a seis personas, que terminaron en la carpa de la cruz roja. Era muy difícil devolver al camión a la bestia blanca de manchas cafés, así que Benito tuvo que bajar a la arena.
-Alberto– dijo Benito –cuida que no se abran las puertas, si no se escapan los toros.
-No hay… hip… problema– respondió Alberto, apenas de pie.

Benito corrió hacia la arena, no había tiempo para pensar en el más adecuado para ocupar su puesto.

Alberto a punto de caer se agarró desesperadamente de la aldaba, abriendo las puertas sin querer, luego cayó a un costado del camión. Toda la gente empezó a gritar.
-PUTA MADRE – expresó Benito sacándose el sombrero, olvidando que estaba dándole la espalda a un embravecido animal.
- CUIDADO DON BENITO – gritó una voz. El volteó sólo para mirar la enorme cabeza del toro arremeter contra su pecho. Salió expulsado por los aires y aterrizó de espaldas al pie del camión.

Yo miraba estupefacto. Conocía a Benito desde que tenía memoria y un viento helado recorrió mi pecho. Quise llorar. Benito fue arrastrado inconsciente tras la barrera, mientras que al interior del camión unos cuantos toros estaban inquietos por el escándalo.

Como una ola oscura y áspera, ocho toros furiosos descendieron por la rampa invadiendo la arena, embistiendo a todo lo que tuviesen enfrente. Levantando con sus cuernos a hombres como si fuesen trapos. Papá tenía sus ojos bien abiertos y parecía petrificado del miedo, mamá miraba hacia la arena tapándose la boca con la mano, como conteniendo un grito de pánico.

Algunos cuerpos se levantaban del suelo y caían retumbando. Otros salían despavoridos del campo sangriento, saltando desesperadamente sobre el muro de madera.
-TRANQUILOS TODOS– dijo Valerio por el micrófono, aunque él era el más asustado –TODO ESTÁ BAJO CONTROL, MIS EMPLEADOS SE ENCARGARÁN DE METER A LOS ANIMALES DENTRO DEL CAMIÓN.

Nadie lo escuchaba. Todos mirábamos como los animales arremetían contra los delgados muros de madera, haciendo temblar toda la plaza.
-MANTEGAMOS LA CALMA DAMAS Y CABALLEROS– siguió diciendo Valerio, quien veía su ardid hundirse en una crónica roja de primera plana.
-CÁLLATE– gritó alguien –IRRESPONSABLE.
-ESTAMOS ENCERRADOS– gritó una mujer entre el tumulto –ABRAN LAS PUERTAS.
-NO ES NECESARIO QUE SALGAN– dijo Valerio con la frente empapada de sudor –MANTENGAN LA CALMA COMPAÑEROS, ESTAMOS CONTROLANDO LA SITUACIÓN.

Dicho eso el toro blanco de manchas cafés emprendió una carrera insuperable hacia el muro. El ruido se congeló, mutando hacia un silencio expectante y lleno de adrenalina. El mismo Valerio sostenía su micrófono contemplando al animal. Todos esperaban ver la cabeza de la bestia agacharse para derrumbar el muro, pero el toro corría con los cuernos en alto. Faltaban ya tan sólo seis metros para el impacto, cuando el toro inesperadamente ejecutó un increíble salto, tan alto que superó la altura del murillo rojo de madera. Cayó encima de un niño golpeó a otros. Un segundo animal derrumbó uno de los murillos, abalanzándose sobre el público, embistiendo a una mujer en el camino y pisoteando a un hombre. Más toros entraron, embistiendo al público.

-CORRE MANOLO– dijo Lola, que ya estaba a quince metros de mí con Margarita bajo el brazo –TENEMOS QUE SALVARNOS.
-Estamos lejos de los toros– dije.
-QUE CORRAS GUAMBRA DE MIERDA– La seguí sin protestar, pero sin dejar de ver todo lo que sucedía.

El toro blanco de manchas cafés intentó aplastar a un niño, pero este fue más rápido y lo esquivó, aun así el animal continuó de largo hasta chocar contra una columna que sostenía un extremo de los graderíos. Toda la plaza tembló. Algunos caían perdiendo el equilibrio, otros corrían con tropezones y dificultad. La columna se quebró y el extremo derecho de los graderíos se torció lentamente. La caída fue pausada y dramática. Un chillido unísono cesó al momento en que toda la estructura metálica cayó con todo el público.
Veía borrosamente el movimiento agitado de siluetas.
-SE ABRIÓ EL ACCESO, SALGAMOS– gritó Lola y la seguí. El público corría despavorido y en la tarima no se veía a Valerio, únicamente a los miembros de la banda municipal huyendo con los instrumentos sobre la espalda.

Los ocho mamíferos salieron tras la gente que se fugaba en todas direcciones. No podía dejar de mirar lo que sucedía, pero cuando quise seguir a Lola y Margarita las perdí. Di un giro panorámico sin encontrar rastro de ambas, tampoco de mamá y papá. Sólo tenía una nube polvo que me rodeaba, que poco a poco al asentarse iba aclarándose mi vista.

A 20 metros el toro blanco de manchas cafés bufaba intranquilo. Sus ojos negros fijos en mí esperaban ver mis movimientos, desafiándome a mover un dedo. Estaba quieto, como si él también esperara a tener mejor visibilidad, como si quisiera tener la seguridad de que soy a quien busca. Escuchaba mi propia respiración como un escandaloso ruido que me delataba; sentía que mi torso se contraía y dilataba demasiado tratando de respirar. En menos de un segundo miré hacia el cementerio y más atrás hacia el Tingón, sintiendo que mi casa, mi salvación, mi refugio estaba en esa dirección, entre las plantaciones de zanahoria y llantén, bajo los frutos del taxo, juntos a las libélulas y los timbules, en el interior de esa placenta gigante, colorida y oculta.

Lloraba en la excitación del pánico, sin saber por qué le hablé al toro, mirándolo a sus ojos:
-Quiero salvarme de ti, quiero seguir volando cometas con Margarita, que papá me desenrede de las sábanas y que me enseñe a dormir porque aun no aprendo. Quiero que mamá me despierte con una caricia en el culito, comerme otra sandía y ese chocolate que aún ni toco. No me mates, te lo ruego, no me mates.

Resoplaba furioso y hacía temblar el suelo con su pezuña. Él ya había decidido y tomaba impulso para embestirme. Yo quería arrodillarme y suplicar, que contemple mi indefensión y encuentre la piedad. Aterrorizado ya no podía mirarlo así que bajé la cabeza, viendo solamente mis lágrimas estrellándose en el suelo polvoriento.

El suelo polvoriento, el suelo polvoriento, mis pies en el suelo polvoriento– pensaba –Puedo esquivar zanahorias, no dejar huellas entre los surcos, como los pies de Margarita. Y casi la escuchaba diciéndome al oído “corre Manolo”, pero el delirio del pánico no traía ese sonido, era su voz, más fuerte que nunca, gritando a lo lejos CORRE MANOLO.

Emprendí la carrera hacia las puertas del panteón y sentía las pezuñas del toro haciendo vibrar el suelo bajo mis pies. Me preguntaba dónde está Lola, dónde está Margarita. No era relevante, solo  importaba ponerse a salvo.

Hui hacia la entrada.  Salté los tres escalones de piedra velozmente y atravesé las puertas del cementerio. Miré atrás y el toro me perseguía todavía, así que corrí hacia las bóvedas al otro lado del cementerio, siguiendo el sendero de piedra. Inmensos y olorosos cipreses copaban ambas orillas del sendero, creando un ambiente de solemne espanto. Tras el animal, dos más entraron y uno de ellos clavó sus cuernos en el trasero de Rubén, el hermano mayor de Ashco, el de la escuela. Una mujer no pudo correr por lo apretado de su anaco y el toro la embistió. La mujer chillaba del dolor mientras que Rubén yacía inconsciente al pie de un epitafio. Volteé de nuevo y tenía al animal pisándome los talones.

Quería llorar otra vez pero no había lágrimas, los piojos me mordían  la cabeza pero no había tiempo para rascarme. No sentía mis pulmones y mi respiración estaba helada, pero mis piernas corrían por si solas. Con el rabillo del ojo noté que algunos trepaban bóvedas familiares tras los cipreses, hasta esconderse en la bóveda más alta. Busqué rápidamente la más cercana y entonces escuché.

-NO CORRAS EN LINEA RECTA– era mamá –CORRE EN ZIGZAG Y GIRA DE REGRESO.

Aunque no sabía de donde venía su voz la obedecí. Di las vueltas en zigzag y las pisadas del toro ya no se escuchaban tan cerca. Mientras giraba de regreso descubrí donde estaba mamá y Margarita: sobre una bóveda de la familia Cáceres. Corrí hacia allá.

-RÁPIDO, RÁPIDO, RÁPIDO –gritó Margarita. Por su tono comprendí que tenía a la bestia blanca de manchas cafés muy cerca de mí. Cuando estaba a unos pasos de las bóvedas, salté lo más alto que pude y caí sobre la segunda bóveda. Sin perder tiempo levanté mi trasero y mis piernas para seguir escalando y fue como una brisa cálida que los cuernos del toro rozaron ligeramente las costuras de mi pantaloncillo.

Trepaba sin mirar abajo, sabía que me paralizaría del miedo si lo veía. Su cabeza chocando contra las bóvedas hacía temblar a todo el cementerio. El sonido de su hocico resoplando era como una amenaza y un juramento de muerte. Por fin llegué a la bóveda de mamá y Margarita, entré con ellas. Mamá me abrazó con fuerza y Margarita empezó a saltar y a tararear.

De pie sobre el techo de la bóveda contemplaba la locura a mí alrededor. La plaza se desmoronaba pieza por pieza, levantando continuamente un telón de polvo. La gente corría dentro del cementerio. Los gritos y gemidos abundaban, mientras que cinco toros circulaban entre las tumbas, persiguiendo a los borrachos e incautos. La muchedumbre estaba escondida en bóvedas, tras un arbusto o sobre un árbol y fue cuando, pasando revista a una enorme higuera, noté una silueta familiar. Era papá subido en la copa verdosa de la higuera. Hace rato que nos miraba y cuando nuestra vista se encontró, él alzó su mano sonriendo. Nosotros también sonreímos y la tragedia desapareció de mi corazón. Más abajo otra mano se extendió de entre las ramas, era Lola.

Fue muy difícil que devolvieran a los toros dentro del camión. Tardó una hora hasta que pudimos salir de nuestro escondite. Algunas ambulancias se estacionaron frente al cementerio y algunos militares buscaron víctimas bajo los escombros.

El camino a casa fue silencioso, pero nadie estaba realmente triste o traumatizado.
- Casi te coge el toro ¿no? – preguntó papá.
- Sí, pero corrí muy rápido. Soy el más rápido de la escuela.
- Lo sé, vi el tamaño de tu zancada. ¿Estás bien?
- Sí, solo estoy cansado, quiero que mamá me dé un chocolate caliente.

En ese momento pasaron los Auquilla junto a nosotros y se despedían con una reverencia para después seguir su camino en silencio. Más lejos escuchaba el llanto de Ashco. Rubén era subido en camilla en una ambulancia. Los papás de Ashco lo consolaban, pero él sólo miraba la ambulancia alejarse rumbo a la ciudad.

Al siguiente día apareció la noticia en el periódico local. En total hubo tres muertos y veintiocho heridos. La investigación policial había descubierto que se habían ahorrado en materiales de ensamblaje. Se adjudicaba la responsabilidad a Valerio, argumentando que él influenció sobre los dueños de la plaza para que no utilizaran todos los armazones de metal, de tal manera que se abarataran los costos de alquiler. Valerio respondió en otro comunicado que esas eran calumnias.

La noticia se extendió por varias semanas al igual que la investigación. Por último se encarcelaron a varios empleados del hacendado de Cajabamba, acusándolos de negligencia en el control de las bestias.

Un mes más tarde Benito, al salir del hospital por el ataque del toro blanco, fue acusado de negociar ilícitamente con los obreros de la plaza ambulante. El denunciante fue el mismo Valerio.

Meses después pasó el escándalo y Valerio lanzó su candidatura a concejal, pero perdió frente a un candidato de la ID. Su impopularidad en las comunidades indígenas lo hizo tener los peores resultados electorales. Lo cierto era que la encarcelación de Benito hizo enfurecer a todas las comunidades.

Un día mientras almorzábamos, escuchamos una entrevista a Valerio en la radio. Recuerdo que el periodista preguntó: ¿Cómo se siente frente a su garrafal derrota en las elecciones?
- Mejor de lo que me esperaba – respondió – en realidad me di cuenta de que la política no es lo mío. Mi familia ha sido por generaciones gente de tierra, amantes del campo y la agricultura. Creo que seguiré la tradición y continuaré trabajando con mis indios en mis hectáreas de terreno y con los hijos de mis indios en mi distribuidora de gas, es así como ha sido siempre y como quiero que siga siendo. Algunas cosas no deben cambiar nunca.

Emilio Salao Sterckx.




[1] Renacuajos
[2] Perro en kichwa.
[3] Ladrón en kichwa
[4] Plaza de toros de Riobamba.