domingo, 19 de julio de 2015

F.R.I.E.N.D.S



 http://thibautbachelier.blogspot.fr/2014/01/ricardo-bessa.html




















Tuvimos la bonanza y nos acostumbramos, tuvimos  la gallina de los huevos de oro y la hicimos caldo. Éramos jóvenes y el camino mostraba un horizonte, pero terminamos corriendo a un callejón sin salida, arrinconados por dinosaurios.

La promo estaba conformada por Octavia, Pepe, Lorenzo y yo. Cuatro amigos amarrados desde la adolescencia, donde cada uno encontró un lugar para ser lo más auténtico posible. Por eso todos estudiamos cosas distintas en la universidad.

Aun así era infaltable nuestro encuentro en la hora hueca. Pepe siempre con alguna novedad sobre la Todología. Alguna vez hablando del Capital Humano y cómo nosotros seríamos en 5 años la fuerza económica.

-No solo es por plata– decía –es nuestra chance de hacer algo distinto a toda esta porquería – En eso tenía razón y de hecho los cuatro estuvimos en la calle ese 20 de abril del 2005, botando a un presidente por nuestra sed de algo diferente.

Mis amigos y yo caminamos por años de la mano por cada momento de esta tierra y de nuestras vidas. Fue tanto así que conocer el mundo y madurar casi que coincidió con el aparecimiento de la revolución ciudadana.

En mi caso yo fui el primero en salir al mundo laboral. Recuerdo como transité de entrevista en entrevista, escuchando ofertas en trabajos de mierda con sueldos deprimentes en caso de ser escogido, lo que también era muy difícil.

Fui el primero del grupo en buscar trabajo por ser el chiro. Octavia, Pepe y Lorenzo en cambio tenían padres muy solventes, así que sin tener por qué soportar un contexto tan espantoso se acogieron a su plan B escapando a una maestría en el extranjero.

-Vos también lárgate, Manolo- me dijo Pepe  –aquí no hay nada para nosotros.
-Luego les alcanzó- respondí mirando para otro lado. No los juzgo porque la verdad teniendo la oportunidad hubiese hecho lo mismo.

Mientras Octavia llegaba a Munich, Pepe a Madrid y Lorenzo a Buenos Aires yo conseguía mi primer trabajo en Quito.  Era una clínica de tratamiento de adicciones con un sueldo inferior al mínimo, sin contrato y con un clima laboral lleno de gente que odiaba lo que hacía.

Nos escribíamos a diario, llamándonos por lo menos una vez al mes o haciendo video conferencias. Octavia y Pepe se reencontraban siempre en Bruselas, Amsterdam o cualquier lado para después colgar sus fotos y vivir el romance de turno.

Lorenzo y yo conversábamos muy seguido. El gordo se había conseguido una novia porteña y hasta ya pensaba en traerla a Quito para fin de año, sin embargo al rato ella lo despachó. Pobre gordo, como se deprimió.

Lo cierto es que los tres sufrieron un poco al principio por el impacto gástrico-cultural, pero después se argentinizaron y se españolizaron sin darse cuenta. Sabíamos que Octavia demoraría más, esas cosas siempre fueron difíciles para ella después de tantos años de Rivotril.

Yo también cambié: dos años de varios trabajos me llevaron a algo que, como yo, también daba sus primeros pasos. Era un proyecto de investigación social lleno de gente hambrienta de algo nuevo, igual que yo.

Andaba de ciudad en ciudad en buses, aviones, rancheras, motos y mis pies. A veces despertaba sin saber dónde estaba ni por qué estaba ahí. Se me pegaron tantos acentos de la sierra, la costa y el oriente que al final no solo mi forma de hablar cambió, sino también mi apreciación de la realidad.

Con tanto ajetreo me desconecté mucho de mi vida quiteña y también de Pepe, Lorenzo y Octavia. Ya no nos escribíamos tanto y hace rato que no hacíamos una video conferencia. Solo Lorenzo mandaba un saludo al vuelo de vez en cuando.

Pasaron dos años y mis amigos, uno a uno, volvieron de sus maestrías  y llegaron en plena época dorada del correismo. Consiguieron puestasos y sueldasos en el sector público, un poco por la maestría y otro poco por las palancas de los papás solventes.

Era el retorno de la promo y había que festejar. Tuvimos varios reencuentros y ya no bebíamos trago barato, ¡había que ser selectivo, pues! porque con la bonanza también llegaron drogas más sofisticadas y como suele decirse, mucho le metimos.

Viajábamos rumbo al cambio a 220 por hora en excelentes carreteras, automóviles nuevos y con una sensación refrescante y poderosa, como una dulce línea de cocaína  boliviana. En medio de la euforia y verborrea criticábamos a la vieja partidocracia, a Bucaram, Mahuad, el feriado bancario y bla bla bla.

Era el 2009 y teníamos una constitución que también olía a auto nuevo, un presidente joven que se tomaba fotos con los Latin Kings y usaba camisas bordadas a mano. Teníamos los derechos de la tierra, el plan Manuela Espejo y el Sumak Kawsay. Tanto por qué estar contento, tanto por celebrar. Copas arriba, ácido en la lengua, salud por la patria grande y  adentro la siguiente línea de coca.

Contemplaba parlantes blancos vibrando en el techo con la música de Bo Diddley mientras un rostro olvidado me la mamaba. Lorenzo y Pepe cogiéndose una nueva amiga, Octavia desnuda y muerta de la risa en el sillón, mezclada entre Hoffman y Rivotril. 

El after continuaba y sin darnos cuenta llegaba el amanecer. En medio de la locura escuchaba a Pepe parloteando de todo lo que aprendió en Madrid, pero tartamudeaba cuando tenía que aterrizar tremenda abstracción: muy poco conocía de su país a pesar de trabajar en estudios de impacto ambiental.

Octavia era más feliz por el estilo de vida que consiguió que por lo que realmente hacía en cuanto a soberanía alimentaria. Lorenzo, simple y contentísimo con el reconocimiento de su jefe y lo valorado que eran sus ideas en el marketing pro gobierno.

A mí algo no me cuadraba, dudaba si los tres flotaban en una burbuja o era yo el que andaba amargado y pesimista. Sus palabras académicas elevadas hasta la estratósfera repetían cualquier cosa, haciendo de una corriente teórica una especie de coca cola light de bolsillo, como para sacarla en cualquier lado.

-Vente para la casa- me dijo Lorenzo un miércoles –solo faltas tú- Yo no podía ir, andaba por Esmeraldas, pero me enteré después como en otras ocasiones que la fiesta había estado buenísima. Incluso demoré un año en conocer al nuevo novio de Octavia.

Sin darme cuenta llegó el 2013 y ya nunca hablábamos, tampoco me enteraba cómo había estado la fiesta ni en qué andaban. Eso sí, a veces los encontraba casualmente en conversatorios académicos, algún evento o debate.

Uno de esos momentos fue con Pepe, que sin querer me vio una mañana de julio en la FLACSO. Estaba puesto una chaqueta impecable que decía “soy elegante pero puedo escuchar Mercedes Sosa y tomarme un canelazo”.

Desde el panel él defendía la explotación del bloque 31 en el Yasuní, decía que el impacto ambiental sería mínimo. Aunque muchos lo cuestionaban por eso del “1% de impacto” él ni lo desmintió ni afirmó. Nunca imaginó las consecuencias que después tendrían sus palabras y silencios.

Cuando Pepe cerró con las preguntas finales yo estaba en el lobby probando el ceviche de camarón de la mesa de bocaditos, buenísimo el ceviche. El bueno de Pepe toreó un ejecutivo de Petroamazonas para hablar conmigo, o mejor dicho para hablar sin parar.

Parecía loro viejo, en ese minuto me contó que había visto a Octavia y lo pendejo que le parecía el novio, que Lorenzo dejó de ser la estrellita de navidad de su trabajo y que él en cambio, estaba mejor que nunca. También me habló de mí: que cuando dejo de trabajar para esa ONG rompiéndome el lomo y me voy al sector público.

-El futuro y la trascendencia están en los ministerios, Manolo.

Sin muchas ganas de discutir solo dejé que termine de cantar. Él tan lejos con sus palabras y acento institucional, yo tan solo con mi ceviche de camarón. Me preguntó qué andaba haciendo para luego poner su mente en blanco cuando le hablé del abandono estatal a las familias de los migrantes, allá en los lejanos pueblos del sur.

La despedida fue rara: un abrazo forzado y miradas que no se encuentran. Lo conocía, había demasiada cobardía tras esa pantalla de casi ministro. Ese Pepe de antaño que era atrevido y bestial se había vuelto una presa fácil.

Pasó el tiempo y el grupo seguía reuniéndose a mis espaldas. Yo, con agenda repleta y tantas  experiencias cocinándose en mis sueños no caí en cuenta que llegó el 2015. Fue un abrir y cerrar de ojos pero muchas cosas habían cambiado. El futuro dorado se había convertido en un presente oscuro, lleno de paranoia y rivalidad.

A pesar de la mutua lejanía me preguntaba cómo estarían. Una tarde me llegó un mensaje de Octavia.
-Esta noche reencuentro en el Pobre Diablo, cae.
-Mañana viajo- respondí.
-Asshhh, todos tenemos una vida pero queremos verte. El Lorenzo insiste en que caigas.

Dudé un buen rato, encendí el televisor sin mirar nada para luego ponerme de pie y partir para el Pobre Diablo. Para variar el bar estaba repleto, “Noche de jazz fusión” decía el pizarrón. Los busqué un rato hasta que los vi sentaditos alrededor de una mesa en el segundo piso.

Octavia me abrazó como si me hubiese esperado toda la vida, Pepe con las palmadas fuertes en la espalda y Lorenzo con la sonrisa de chancho pidió una botella de whisky, disque en mi honor. A oscuras con una vela torcida en medio de la mesa Pepe preparó cuatro líneas de coca.

Como si no hubiese pasado un día empezó el parloteo de loro viejo. Resultó que a Pepe le habían bajado la mitad de su sueldo y estaba como loco buscando otro lugar donde meterse. Octavia ya no podía ocultar su pesar. Decepcionada había renunciado a su puesto, harta de la burocracia. No hay estilo de vida que valga esta porquería, dijo.

Lorenzo contó que en la SECOM lo habían usado para luego desecharlo como a un kleenex. Desde un principio le hablaron de producir 6 álbumes sobre la agenda social del gobierno. Cuando entregó a la editorial el último número, solo para que lo impriman, vino el jefe y le dijo “Gracias por tus servicios Lorenzo pero no podemos renovarte el contrato. Órdenes de arriba”

Los tres compartían el mismo deseo de escapar. “Nadie me para bola” dijo Pepe. Nunca pensé que defender la explotación del Yasuní me cerraría tantas puertas. En la universidad no quieren saber nada de mí.

En medio de la amargura de esa mesa Octavia y yo en silencio acordamos encontrarnos en el baño. Ahí encerrados la coloqué de cara contra la pared, luego subí su falda y bajé su tanga. Me puse saliva en dos dedos y después mojé su vagina.

Mientras la penetraba tirando de su cabello me contó que en el papel su labor fue definir las garantías para los contratos de la alimentación escolar, pero en realidad vivió el momento político todo el tiempo, nunca hizo su trabajo.

-Y ahora– dijo -que quiero involucrarme de manera independiente en el desarrollo local de alimentos todos me dan la espalda.
- A mí me gusta tu espalda – respondí y ella se cagó de risa para luego tener su orgasmo.

Cuando me preguntó a mí cómo andaba hasta me daba pena decirle que era feliz. La verdad, aunque los tres fueron facilistas desde chiquitos no eran malos, simplemente nunca se dieron la oportunidad de vivir fuera de sus comodidades y status.  Eran niños recién destetados.

Cuando Octavia y yo volvimos a la mesa el ambiente jazzero electrónico ya alborotaba nuestro segundo piso. Octavia bajó de inmediato con Lorenzo. Pepe se me acercó y apoyándose en mi hombro intentó explicarse a sí mismo.

-Desde un principio lo supe, Manolo, desde un principio.
-¿Qué sabías?
-Que en el bloque 31 había especies únicas en este mundo. La cantidad de células que tenía una de las plantas que encontramos era asombrosa, si la hubieras visto. Tenía propiedades que podían degradar el plástico en dos años. Esa era nuestra gallina de los huevos de oro. Imagínate, nunca más hubiésemos necesitado petróleo.  Le propusimos al presidente dar paso a la investigación y al proceso de patente. Las ganancias que hubiésemos sacado de esto eran infinitamente superiores al petróleo que había debajo del Yasuní.

-¿Qué dijo Correa?
-Preguntó cuánto tomaría la investigación y sacar la patente. Yo le respondí que 50 años, que así es la cosa. Entonces riéndose dijo que era ridículo, que necesitamos el dinero ahora. Correa capituló al Yasuní con un “Proceda a anunciar que el mundo nos ha fallado, explotaremos el bloque 31”

Ebrio y con la coca hasta el tope Pepe se sentó en un rincón tomando un largo trago de whisky. Abajo, Octavia y Lorenzo bailaban frenéticos y extraviados.

Están acabados, pensé, no se encontraron con la realidad, chocaron contra ella y no pueden superarlo, solo quieren encontrar otra burbuja para refugiarse.

Miraba a la gente: rostros conocidos y extraños. Me di cuenta que la promo no solo éramos nosotros cuatro, había más, muchos más. Algunos tan extraviados como mis camaradas pero otros con una mirada distinta sobre este mundo.

Durante estos años mientras algunos estaban atrapados en la primavera irrepetible otros vivimos con intensidad, ganamos experiencias y nos hicimos resistentes. Nuestro camino no estaba labrado por palancas ni favores, sino por nuestros propios pies.

Pensé también que si bien unos días atrás en Guayaquil se anunciaba el retorno de la derecha, incluso ellos estaban acabados. Les queda poco tiempo, me dije, están viejos y no podrán correr al ritmo de una generación que vive en la velocidad.

Le dije a Pepe:
- Recuerdas en la universidad aquellas cosas que siempre hablabas sobre el capital humano.
- Sí, claro
-¿Cuál era nuestra edad más productiva?
- De los 30 a 35 años ¿Por qué preguntas?
- Por nada, Pepe, por nada.

Sin querer decírselo pensaba que en 10 años los dinosaurios tendrían que desaparecer, los de la derecha y  los del correismo. En 10 años los jóvenes que hoy son el capital humano serían quienes marquen el rumbo. No habrá sitio en el futuro para quienes hoy lloriquean cuando explota la pompa de jabón. Solo quienes llevamos las cicatrices de este momento podremos enfrentarlo.

Soy de estos últimos, me dije, no debo olvidar lo vivido, las palabras ni las imágenes, la desesperación y el frenesí. Debo entender que la esperanza carcome el espíritu pero la racionalidad prepara el terreno de batalla.

La gente bailaba debajo de mí pero yo buscaba los rostros de quienes podrían seguirme. Creí ver algunos ojos que conversaron con los míos: igual de feroces, igual de salvajes, listos para entrar como lobos en el redil de los borregos.

- Nuestro tiempo está llegando.
-¿Qué dijiste, Manolo?
- Nada Pepe, nada.


Emilio Salao Sterckx

jueves, 26 de marzo de 2015

CIUDAD DE LA LUZ

silent-musings.tumblr.com





Te miro, Poli. Te miro en  la oscuridad detrás de las ventanas, no estoy afuera ni adentro, habito en un lugar desconocido, incluso para mí. Estoy apresado en la imagen de los otros y la imponencia de la palabra. Soy una voz en sonido blanco, un soliloquio inaudible tras los espejos y las cortinas. Estoy enredado en tu cabello, no paro de hablar, soy una fuente inagotable de narración. Pero tus ojos también están llenos de palabras, de brillantes palabras que no saben cómo pronunciarse en tu boca. 


Has bebido demasiado y quieres irte a casa. Lo sé, pensaste que podrías aguantar como tu esposo, el bueno de José,  que también sabe lo que es tener una vida social muy activa. No entiendes por qué hoy, justamente hoy no estás a la altura de la fiesta, tú, que siempre animas a todos, sin dormir y siempre de pie en el momento exacto para mirar el amanecer, de la mano de tu esposo y todos aquellos que lograron llevar la fiesta hasta el amanecer. Ni tú despeinada ni él con la camisa arrugada. Por eso todos dicen que son tal para cual.


Ambos siempre a la altura del desafío, sin desmayos ni lagunas mentales ¿Recuerdas cuándo se conocieron? Fue en aquel cumpleaños de Gonzalo Bocanegra. Tú bailabas entre Josefina y María de los Ángeles, que te miraban como a  una muñeca, y un poco más lejos tras una columna: José, cautivado por ti, embriagado por ti y sin quitarte la mirada de encima. Faltaban apenas unos segundos para que te invitara el primer trago, de tantos que vinieron.


¿De qué hablaron? Ya no lo recuerdas, seguramente fue algo tan banal. Lo que sí recuerdas es que te morías por quedarte pero Josefina y María de los Ángeles querían marcharse. Desde entonces José y tú han pasado de matrimonio en matrimonio, de tus amigos, de sus amigos y finalmente el tan esperado y adivinado: el de ambos. Piensas en que todos se están casando, por eso  transitas por muchas despedidas de soltera, stripers, ceremonias, recepciones, babyshowers y tiendas de maternidad.


Que fortaleza física has tenido siempre para mantenerte erguida y sonriente, a pesar de llevar más de una botella de ron encima. Qué decir del bueno de José que siempre ríe, que nunca está tan borracho como para perder el hilo de una conversación o para bailar un poco cada cierto tiempo. Todos los conocen, todos los quieren y aún así te sientes sola. ¡Pero si estás con el bueno de José y todos tus amigos! ¿Por qué amargarse la vida, Poli?


Siéntate, piensa, recuerda lo que pasó. José viajó a Lima hace dos semanas, y hace un mes había estado en Rio ampliando los negocios de la familia. De Lobby en Lobby, cabildeando con Johnny Blue sobre la mesa. La verdad es que José ha estado lejos mucho tiempo, abriendo o renovando contratos, agasajando a los empleados o en destructivas farras con sus amigos. 

Tú, por otro y desde hace un mes estás pensando en una imagen, en un nombre de representación corporativa. Esa es tu tarea: darle belleza al cuerpo empresarial, crear una expresión en aquello que no tiene un rostro, pintándole la sonrisa a una boca monumental. Lo sabes y no te importa porque amas lo que haces. Solo te interesa que el mundo goce de belleza y que los pies caminen por los senderos de las tendencias y el color. En tu mundo, desde la tierra hasta el cielo responden a la estética y no a la dirección del viento.


Sigamos recordando. Este día no encontraste la cara y el cuerpo para humanizar a tu empresa. No almorzaste, seguiste de largo pensando frente a la pantalla de tu MAC, y aunque es sábado y no tenías por qué trabajar era mejor pensar en ese pequeño mundo que es tu trabajo, antes que dar la vuelta y recordar que a tus espaldas no hay nadie.


¿Qué tiene mi cuba libre hoy? ¿Por qué estoy tan mareada? Te preguntas recordando también la falta de apetito que has tenido todo el día. ¿Dónde mierda se ha metido José? Ya casi puedes encontrarlo al escuchar su risa estrepitosa, seguro y alguien contó un buen chiste o una anécdota que acaba de pegarse en el álbum de lo inolvidable.

-José, quiero irme a casa.

-Apenas son las tres de la mañana, mi amor. Es temprano para nosotros, falta mucho para mirar el amanecer.

-Me siento terrible, me cayó muy mal el trago, por favor vámonos.

-Una hora más, ¿ya? Y nos vamos. Dame un beso.


Lo besaste sin querer besarlo. La verdad es que te desagradan los aguafiestas y no quieres asumir ese papel nunca, aunque estés muriendo por dentro.


Caminas por el pasillo, mareada.  Malditos tacos, no te ayudan a mantener el equilibrio. ¿Dónde está el baño? A la izquierda, siempre a la izquierda, Poli. Te torturas a ti misma metiéndote dos dedos en la boca pero el vómito no sale. Te miras al espejo, tienes una lágrima negra recorriendo tu mejilla. Hay que pensar en algo asqueroso: recuerdas que todavía no tienes el nombre y el cuerpo corporativo. Viene a tu mente la visión empresarial, concluyes que es mera retórica; piensas en tu ascenso en la escalera corporativa, resulta ser un espejismo; piensas en la carcajada de José, recuerdas que su lengua tiene demasiada textura. Entonces descubres el asco, aún así no puedes vomitar pero tienes mucha facilidad para llorar. Vomitar es liberar, piensas, vomitar es liberar. Redescubrir el asco es autoengaño porque siempre ha estado ahí, en tu garganta. El sudor helado en tu rostro, el agotamiento, el jadeo afónico y la desesperación.


Huye Poli, huye.


Los autos están todos estacionados  y nadie quiere irse ¿Solo tú portas la repugnancia esta noche?  Estás lejos de la ciudad, parece imposible salir sin auto. Pero espera, ¿Quién está ahí? Es Miguel, el amigo de José, con él estudió en la universidad.  El es el de las anécdotas sobre los viernes en la noche, sobre aquellas borracheras caóticas en Savannah, con quien José adquirió la resistencia para trasnocharse sin perder la dignidad ni desabotonarse la camisa.  

-¡Miguel!

-Hola Apolonia ¿Qué haces aquí afuera?

-Esperando que alguien me lleve a casa.

-¿Qué hay con José?

-El no quiere irse aún, pero yo necesito salir de aquí. ¿Estás de salida?

-Sí, voy a comprar más alcohol, está faltando – Te repugna la misión de Miguel, ¿Por qué simplemente no lo llama ron o vodka? Qué ridícula es la palabra “alcohol”.

-Puedes llevarme a la casa, por favor. Está en el camino, no tendrías que desviarte.

-Sí, pero  ¿Te parece si primero hablo con José? Voy a llamarlo ahora mismo- Miguel marca un número y espera en silencio – No responde, voy a buscarlo a dentro para preguntarle. ¿Quieres esperarme aquí?

-Ándate a la mierda Miguel, ustedes y sus códigos, yo solo quiero irme a la casa y meterme en mi cama. Odio esta porquería de boda, estas porquerías de tacos, de borrachera. Si nadie puede sacarme de aquí me largo.

-Tranquilízate Poli, ¿cómo te vas a ir?

-Caminando.

-Está muy lejos y solo terminarías en la carretera. Estamos en una hacienda, ¿lo recuerdas?

-No me trates como una idiota Miguel, sé donde estoy, pero nadie aquí, ninguna puta persona quiere moverse. Solo quiero irme y si no vas a llevarme entonces no me estorbes, imbécil.


Miguel se queda petrificado frente a ti, solo para despetrificarse e ir corriendo en busca de José; seguro y le dirá que su esposa está loca  y que haga algo rápido ya.


Te hizo bien mandar  a la mierda a  Miguel, que bien se sintió caminar, aunque sea con los tacos, escuchando como crujen las piedrecitas del estacionamiento. Le arranchas tu libertad a la tierra y también a tus tacos, así que te los quitas y los lanzas a quién sabe dónde.


El camino a la carretera es oscuro, largo e irregular, nadie va a pie por ahí a excepción de los empleados. Mareada en la oscuridad no sabes qué es arriba y qué es abajo; el frío que asciende bajo  tu falda y te retuerce hasta el pecho. El viento helado penetra en tu estómago, quemándolo. Ahora sí puedes vomitar.


Rasgaste la manga de tu abrigo al apoyarte en aquel arbusto. Déjalo, no es el abrigo que mas quieres. No pienses en tus pies, solo camina. El dolor en tus tobillos y las caídas no se sentirán mañana. Promételo, prométete no sentir dolor mañana. Las medias panti ya se rasgaron ¡Y qué importa! El vestido está lleno de polvo, ahora solo es relevante continuar, librarse de esa soledad llena de arbustos y piedras afiladas, salir de la soledad tras The Time, de Black Eyed Peas y la simpática risa que te suena a mojigatería.


¿Cuándo termina el camino, Poli? Parecía más corto cuando entraste a pleno día con el resto de invitados, viniendo en caravana desde la iglesia, pero ahora parece infinito, imposible de caminar, hostil contigo, hostil con dedicatoria. Está bien arrodillarse y rendirse, sabemos que no es definitivo, que es cuestión de minutos. Solo necesitas llorar y arrancar las piedras del suelo con tus propias manos y lastimar el paisaje.


Que la oscuridad te deje chillar, te deje embarrarte la cara de tierra y lágrimas. Consume toda la oscuridad que desees, la que llevas dentro y la que te rodea. Que se pose sobre ti como un manto, ocultándote y regalándote esa intimidad que es un tesoro,  la intimidad que se necesita para sufrir a plenitud.


Chillas, gritas, pateas y de pronto la noche ya no es tan negra y el camino ya no parece tan lejano. Mira hacia adelante, son las luces de la carretera, es la velocidad del sonido viajando hasta tus oídos. Tal vez faltan quinientos metros o menos. Camina.


Sube los últimos metros,  asciende hasta la salida. Unos pasos más, solo unos cuantos más. Ya estás en la entrada bajo el arco romano de piedra y con las puertas metálicas abiertas de par en par, preparadas para tu gloriosa salida.


Miras atrás y el camino recorrido es claro a pesar de la oscuridad. Escuchas un sonido lejano, parece ser un remix de Madonna, seguro y todos siguen bailando. Te sientes aliviada ¿no es así?Reconfórtate,  has encontrado la evidencia de que el sufrimiento te pertenece y puedes hacer con él lo que desees. Qué lejos y apacible se ve la hacienda, con el sonido de la música retumbando únicamente en su interior, sin tocarte.


Las luces de los coches aunque te encandilan no dejan de ser un alivio. La libertad está cargada de caos y reflectores. Parece que alguien está respondiendo a tu señal. Es la luz de un volkswagen escarabajo, tan amigable y con dos siluetas en su interior. Se ven bondadosas. Eres libre al fin, ya puedes irte a casa. Ya no se trata de huir, sino de volver. 


Son una pareja, unos dulces y gentiles ancianos. El hombre sale para abrirte la puerta.
-Señora ¿Qué hace a esta hora en la carretera? ¿La asaltaron?
-No señor, solo estoy perdida, vengo de una fiesta. Gracias por parar.
-De nada, por favor entre.

Te lanzas sobre el asiento trasero. La mujer en el asiento de copiloto te mira exaltada. Te dice algo pero no escuchas sus palabras, pero por su tono sabes que quiere tranquilizarte.

El tapizado del asiento trasero es suave y huele a suavizante, a vainilla para ser exactos. El auto arranca y te quedas dormida.

Después de unos minutos despiertas sin agitarte y miras al frente. No muy lejos se encuentra la ciudad de la luz.


Emilio Salao Sterckx