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| Portada del disco homónimo de Alice in Chains. Lanzado en abril de 1995 |
“Las Ciencias Naturales te pueden
decir cómo encontrar la historia en lo que está más cerca de ti”
Papá
La Historia del Ecuador fue una materia que recibí en la escuela y
luego en el colegio. Desde mi niñez hasta la adolescencia la enseñanza no
cambió mucho: la historia era básicamente una narrativa descriptiva, muy
cívica, romántica y poco crítica. Cuando preguntaba a papá sobre qué tiene que
ver lo de antes con lo de ahora, él se percataba de mis dificultades de asociación.
No me dio una respuesta, en su lugar me enseñó a observar detenidamente lo que
me rodea.
Últimamente esa dificultad de
asociación ha vuelto, así que siguiendo lo que me decía mi viejo trataré de
analizar lo que me es más cercano, de manera ilustrativa, para que me de pistas a mis interrogantes.
Pensaré en voz alta sobre algo que pasó antes y que tal vez me permita
explicarme algo que pasa hoy en nuestra amada tierra.
Todo empezó hace 17 años, cuando en
un barrio de Quito nacía una urbanización privada, de las tantas que hay. Mi
madre compró ahí su casa y ha vivido ahí ya mucho tiempo. Como toda comunidad,
por muy separada que esté de los otros, por muy altos que sean sus muros y por más que
los visitantes deban dejar su cédula en la caceta del guardia, en su interior
la vida de su comunidad, como todo grupo humano se enfrenta continuamente a los
conflictos y malestares de la convivencia.
Esto que les digo no puede verse
a simple vista, pues la sonrisa, la cordialidad, el chiste y el saludo breve
parecen indicar que todos son amigos, sin embargo esta comunidad tiene sus
puntos neurálgicos, visibles únicamente para quien está adentro. Uno de esos
puntos que ha marcado sus malestares desde hace 17 años son los animales,
especialmente los perros.
Hecho #1
Hace 12
años habitó en la urbanización un San Bernardo llamado Polo, todo grandote y
chusco, sus dueños eran una joven pareja. Cuando lo sacaban a pasear los niños se
le acercaban, lo acariciaban y decían que era el perro más bonito que había.
Todos lo querían y los dueños se permitían soltarlo para que corra un poco y
juegue con los niños.
Un día, en
sus habituales paseos, lo liberaron como de costumbre sin percatarse que estaba
cerca un bebé dando sus primeros pasos. A unos metros iban sus padres que lo
miraban. Polo derribó al bebé y este cayó aparatosamente sobre el cemento,
llorando desconsoladamente con su cara toda lastimada. Para suerte del niño el
golpe no fue más allá de unos raspones y un buen susto.
Los padres
del niño, como es normal, reclamaron airadamente y con justa razón por lo
sucedido. Polo dejó de ser un perro amado por todos y pasó a ser repudiado por algunos, que empezaron a ponerle
mala cara, a espantarlo cuando olfateaba
los jardines y a quejarse de él y sus dueños en las asambleas generales. Un año
después la pareja y Polo se fueron.
Los perros ayudan mucho a distinguir la
posición de cada habitante en la urbanización. Hay quienes aman a los perros y
generalmente tienen uno o más canes, hay quienes los odian y hay quienes ni les
va ni les viene el asunto. Sea como sea, el paso de Polo por la vida de esta
comunidad definió a leves rasgos la posición de la mayoría.
Hecho #2
Una mujer soltera y mayor tenía tres perros pequeños: Cándido, Mimí y
Chibolo. Ella sacaba a pasear a sus animales entre una y dos veces al
día. Sus paseos eran largos y siempre se tomaba el tiempo para conversar con
algún vecino. También hablaba bastante con sus perritos y ellos le mostraban fidelidad manteniéndose
muy cerca de ella.
Una tarde un vecino volvía del trabajo,
venía despeinado, con la corbata floja y con cara de pocos amigos
(clásicas señales de los lunes) Al
bajarse de su auto se encontró con Cándido en medio del camino, que le ladró
amenazante y le estorbó el paso. El hombre, agobiado después de un mal día,
reaccionó violentamente brindándole un formidable puntapié al animal. Cándido
voló por los aires.
Su dueña respondió furiosa y entre gritos, insultos y ladridos los vecinos detuvieron la
escandalosa pelea. Hubo quienes defendieron a la mujer y su derecho a pasear a
las mascotas; hubo quienes defendieron al hombre y su derecho a transitar
libremente.
Desde el asunto de Cándido la
tensión sobre este tema aumentó. Las normas para pasear a los perros tuvieron
mayor seguimiento y vigilancia, por un tiempo. La posición de la gente era
mucho más radical, defensiva y las alianzas entre algunos vecinos se hicieron
más marcadas.
A pesar de todo ello la mujer y
sus perritos pasearon siempre a su manera, con sus pausas y conversaciones, sin
correas pero con la misma fidelidad, sin fundas para recoger la caca pero
encontrando siempre el mejor lugar posible. Así lo hicieron durante años, hasta
que ella falleció.
Cada domingo que mi hermana y yo
íbamos a comer a casa de mamá ella nos relataba las novedades y chismes de la
urbanización. Le asustaba el irrespeto entre varios vecinos durante las
asambleas generales, la poca tolerancia entre uno y otro por la diferencia de
puntos de vista. Cada vez era más difícil tener mascotas y el clima de la
comunidad tenía temporadas muy difíciles. Los desacuerdos no permitían
concretar muchas cosas necesarias para el funcionamiento adecuado de la
urbanización y esto limitaba también ciertos temas de seguridad y en general la
calidad vida.
Hecho #3
Lucho era un perro salchicha que hacía popo siempre en el mismo
arbusto. Para hacerlo tenía que salir por la puerta principal de la casa,
cruzar la calle y entrar en los jardines. Sus dueños, grandes representantes de
los “pro perros” siempre lo vigilaban cuando salía para su rutina.
Tenían un vecino, uno de los más representativos “anti perros” de la
urbanización. Un mediodía en que él
llegaba para almorzar y Lucho salía para cagar, el vecino arrolló con su auto
al perro, matándolo al instante.
Los dueños de Lucho aseguraron que el vecino aceleró cuando vio al
perro en medio de la calle. Cuando él salió del auto dijo “Para qué no le sacan
con correa, es culpa de ustedes”. El vecino admitió haberlo atropellado
intencionalmente para dar una lección a quienes no respetan las reglas de la
urbanización.
Este fue el acto más radical y
violento que ha marcado la convivencia de los habitantes de esta comunidad. La
intolerancia ha dejado su huella en todos, en quienes aman a los perros, en
quienes los odian y en el caso de
aquellos que ocupan un lugar neutral, también han sentido sus efectos directamente.
La intolerancia ha generado otros códigos de convivencia, donde muy pocas cosas
se soportan, donde todos deben pensar en defender lo suyo y donde el papel de
administrar la urbanización es cada vez más difícil.
El equilibrio de esta comunidad
pende de un hilo todo el tiempo. Fácilmente un saludo breve puede ser una señal
de intriga, una risa escuchada a lo lejos puede ser tomada como una burla,
pisar una caca puede desencadenar la más irracional de las peleas y las miradas
de desprecio pueden hacer infeliz a toda una familia.
Mamá se preguntó en un almuerzo
¿Cómo es que las cosas llegaron hasta acá?
Yo me pregunto algo parecido,
pero fuera los muros de la urbanización ¿Hasta dónde pueden llegar las cosas en
un país donde hay gente que está con los perros, otros en contra y otros que no
quieren saber nada del asunto?
Es un hecho clarísimo que la
culpa no es de Polo, ni Cándido ni Lucho. Afuera de esa pequeña comunidad
existen otros aparentes protagonistas o causantes de nuestras diferencias, pero
son solo eso, aparentes, pues la intolerancia no la implanta una persona, esta
ya está presente en cada uno.
No hay nadie que esté librado de
la violencia y el odio, nadie. Es tan fácil ser traicionados por nuestros
impulsos, que se escapan fácilmente a nuestras posturas políticas “bien
pensadas”. Es de esta manera que la intolerancia genera radicalización, la
radicalización genera más intolerancia y
el asunto nos revela muy tarde, si es que lo hace, que nunca hubo tan
solo un protagonista.
Cuando papá me revisaba los
libros de la escuela me decía:
- La historia del Ecuador que te
enseñan tiene pocos nombres.
- ¿Cuántos faltan?, preguntaba yo y
si él aún viviera seguro y me respondería que faltan catorce millones.
