martes, 4 de marzo de 2014

El PAIS Y LOS PERROS

Portada del disco homónimo de Alice in Chains. Lanzado en abril de 1995





















“Las Ciencias Naturales te pueden decir cómo encontrar la historia en lo que está más cerca de ti”
Papá




La Historia del Ecuador fue una materia que recibí en la escuela y luego en el colegio. Desde mi niñez hasta la adolescencia la enseñanza no cambió mucho: la historia era básicamente una narrativa descriptiva, muy cívica, romántica y poco crítica. Cuando preguntaba a papá sobre qué tiene que ver lo de antes con lo de ahora, él se percataba de mis dificultades de asociación. No me dio una respuesta, en su lugar me enseñó a observar detenidamente lo que me rodea. 

Últimamente esa dificultad de asociación ha vuelto, así que siguiendo lo que me decía mi viejo trataré de analizar lo que me es más cercano, de manera ilustrativa,  para que me de pistas a mis interrogantes. Pensaré en voz alta sobre algo que pasó antes y que tal vez me permita explicarme algo que pasa hoy en nuestra amada tierra.

Todo empezó hace 17 años, cuando en un barrio de Quito nacía una urbanización privada, de las tantas que hay. Mi madre compró ahí su casa y ha vivido ahí ya mucho tiempo. Como toda comunidad, por muy separada que esté de los otros,  por muy altos que sean sus muros y por más que los visitantes deban dejar su cédula en la caceta del guardia, en su interior la vida de su comunidad, como todo grupo humano se enfrenta continuamente a los conflictos y malestares de la convivencia.

Esto que les digo no puede verse a simple vista, pues la sonrisa, la cordialidad, el chiste y el saludo breve parecen indicar que todos son amigos, sin embargo esta comunidad tiene sus puntos neurálgicos, visibles únicamente para quien está adentro. Uno de esos puntos que ha marcado sus malestares desde hace 17 años son los animales, especialmente los perros.

Hecho #1

Hace 12 años habitó en la urbanización un San Bernardo llamado Polo, todo grandote y chusco, sus dueños eran una joven pareja. Cuando lo sacaban a pasear los niños se le acercaban, lo acariciaban y decían que era el perro más bonito que había. Todos lo querían y los dueños se permitían soltarlo para que corra un poco y juegue con los niños.

Un día, en sus habituales paseos, lo liberaron como de costumbre sin percatarse que estaba cerca un bebé dando sus primeros pasos. A unos metros iban sus padres que lo miraban. Polo derribó al bebé y este cayó aparatosamente sobre el cemento, llorando desconsoladamente con su cara toda lastimada. Para suerte del niño el golpe no fue más allá de unos raspones y un buen susto.

Los padres del niño, como es normal, reclamaron airadamente y con justa razón por lo sucedido. Polo dejó de ser un perro amado por todos y pasó a  ser repudiado por algunos, que empezaron a ponerle mala cara,  a espantarlo cuando olfateaba los jardines y a quejarse de él y sus dueños en las asambleas generales. Un año después la pareja y Polo se fueron.

Los perros ayudan mucho a distinguir la posición de cada habitante en la urbanización. Hay quienes aman a los perros y generalmente tienen uno o más canes, hay quienes los odian y hay quienes ni les va ni les viene el asunto. Sea como sea, el paso de Polo por la vida de esta comunidad definió a leves rasgos la posición de la mayoría.

Hecho #2

Una mujer soltera y mayor tenía tres perros pequeños: Cándido, Mimí y Chibolo. Ella sacaba a pasear a sus animales entre una y dos veces al día. Sus paseos eran largos y siempre se tomaba el tiempo para conversar con algún vecino. También hablaba bastante con sus perritos  y ellos le mostraban fidelidad manteniéndose muy cerca de ella.

Una tarde un vecino volvía del trabajo,  venía despeinado, con la corbata floja y con cara de pocos amigos (clásicas señales de los lunes)  Al bajarse de su auto se encontró con Cándido en medio del camino, que le ladró amenazante y le estorbó el paso. El hombre, agobiado después de un mal día, reaccionó violentamente brindándole un formidable puntapié al animal. Cándido voló por los aires.

Su dueña respondió furiosa y entre gritos, insultos  y ladridos los vecinos detuvieron la escandalosa pelea. Hubo quienes defendieron a la mujer y su derecho a pasear a las mascotas; hubo quienes defendieron al hombre y su derecho a transitar libremente.

Desde el asunto de Cándido la tensión sobre este tema aumentó. Las normas para pasear a los perros tuvieron mayor seguimiento y vigilancia, por un tiempo. La posición de la gente era mucho más radical, defensiva y las alianzas entre algunos vecinos se hicieron más marcadas.

A pesar de todo ello la mujer y sus perritos pasearon siempre a su manera, con sus pausas y conversaciones, sin correas pero con la misma fidelidad, sin fundas para recoger la caca pero encontrando siempre el mejor lugar posible. Así lo hicieron durante años, hasta que ella falleció.

Cada domingo que mi hermana y yo íbamos a comer a casa de mamá ella nos relataba las novedades y chismes de la urbanización. Le asustaba el irrespeto entre varios vecinos durante las asambleas generales, la poca tolerancia entre uno y otro por la diferencia de puntos de vista. Cada vez era más difícil tener mascotas y el clima de la comunidad tenía temporadas muy difíciles. Los desacuerdos no permitían concretar muchas cosas necesarias para el funcionamiento adecuado de la urbanización y esto limitaba también ciertos temas de seguridad y en general la calidad vida.

Hecho #3

Lucho era un perro salchicha que hacía popo siempre en el mismo arbusto. Para hacerlo tenía que salir por la puerta principal de la casa, cruzar la calle y entrar en los jardines. Sus dueños, grandes representantes de los “pro perros” siempre lo vigilaban cuando salía para su rutina.

Tenían un vecino, uno de los más representativos “anti perros” de la urbanización.  Un mediodía en que él llegaba para almorzar y Lucho salía para cagar, el vecino arrolló con su auto al perro, matándolo al instante.

Los dueños de Lucho aseguraron que el vecino aceleró cuando vio al perro en medio de la calle. Cuando él salió del auto dijo “Para qué no le sacan con correa, es culpa de ustedes”. El vecino admitió haberlo atropellado intencionalmente para dar una lección a quienes no respetan las reglas de la urbanización.

Este fue el acto más radical y violento que ha marcado la convivencia de los habitantes de esta comunidad. La intolerancia ha dejado su huella en todos, en quienes aman a los perros, en quienes los  odian y en el caso de aquellos que ocupan un lugar neutral, también han sentido sus efectos directamente. La intolerancia ha generado otros códigos de convivencia, donde muy pocas cosas se soportan, donde todos deben pensar en defender lo suyo y donde el papel de administrar la urbanización es cada vez más difícil.

El equilibrio de esta comunidad pende de un hilo todo el tiempo. Fácilmente un saludo breve puede ser una señal de intriga, una risa escuchada a lo lejos puede ser tomada como una burla, pisar una caca puede desencadenar la más irracional de las peleas y las miradas de desprecio pueden hacer infeliz a toda una familia.

Mamá se preguntó en un almuerzo ¿Cómo es que las cosas llegaron hasta acá?

Yo me pregunto algo parecido, pero fuera los muros de la urbanización ¿Hasta dónde pueden llegar las cosas en un país donde hay gente que está con los perros, otros en contra y otros que no quieren saber nada del asunto?

Es un hecho clarísimo que la culpa no es de Polo, ni Cándido ni Lucho. Afuera de esa pequeña comunidad existen otros aparentes protagonistas o causantes de nuestras diferencias, pero son solo eso, aparentes, pues la intolerancia no la implanta una persona, esta ya está presente en cada uno.

No hay nadie que esté librado de la violencia y el odio, nadie. Es tan fácil ser traicionados por nuestros impulsos, que se escapan fácilmente a nuestras posturas políticas “bien pensadas”. Es de esta manera que la intolerancia genera radicalización, la radicalización genera más intolerancia y  el asunto nos revela muy tarde, si es que lo hace, que nunca hubo tan solo un protagonista.

Cuando papá me revisaba los libros de la escuela me decía:


- La historia del Ecuador que te enseñan tiene pocos nombres.
- ¿Cuántos faltan?, preguntaba yo y si él aún viviera seguro y me respondería que faltan catorce millones.